La capital francesa ha vuelto a vibrar con el arranque de la semana de la moda en París, donde el Petit Palais se convirtió en el escenario de la última propuesta de Schiaparelli. Bajo el mando de Daniel Roseberry, la casa ha mantenido su esencia onírica, rescatando aquel espíritu surrealista que Elsa Schiaparelli instauró en sus inicios para crear prendas que parecen suspendidas entre la realidad y la fantasía.
En esta ocasión, el despliegue de creatividad ha tenido un hilo conductor muy marcado: la fascinación por la obra de Antoni Gaudí. La coincidencia es casi poética, especialmente ahora que la Catedral de la Sagrada Familia ha visto culminada su construcción tras un siglo de espera, recordándonos que el arte y la paciencia son piezas clave en cualquier obra maestra.
El camino hacia «The Call of the Void»

Todo empezó cuando Roseberry, tras el éxito de su línea anterior titulada «The Agony and the Ecstasy», se obsesionó con encontrar una receta exacta para seguir escalando posiciones en el mundo del lujo. El diseñador pensó que viajar y visitar lugares emblemáticos era la clave, pasando de la Capilla Sixtina en Roma a las curvas modernistas de Barcelona.
Sin embargo, el viaje a Cataluña le dejó una lección inesperada. Mientras admiraba el genio de Gaudí, se dio cuenta de que intentar aplicar una fórmula matemática al arte es, básicamente, quitarle toda la gracia. Según el propio Roseberry, las fórmulas son la antítesis de la magia, ya que al definir el proceso creativo se le roba la capacidad de sorprendernos y de asustarnos, que es donde reside la verdadera emoción.
De este sentimiento de incertidumbre nace el nombre de la colección: The Call of the Void (La llamada del vacío). Roseberry decidió dejar de luchar contra la duda y entregarse totalmente a lo desconocido, comprendiendo que la chispa del diseño habita precisamente en las incongruencias y en la valentía de avanzar sin tener todas las respuestas claras.
Gaudí como metodología y no como copia

Es fundamental entender que esta colección no es un simple ejercicio de copiar formas arquitectónicas en tela. Roseberry no ha utilizado la obra de Gaudí como un catálogo de adornos, sino como un modelo de pensamiento. Se trata de emular la libertad con la que el arquitecto catalán concebía sus espacios, priorizando la intuición y la experimentación sobre cualquier norma preestablecida.
En la pasarela se han podido apreciar elementos que recuerdan directamente al modernismo:
- Superficies ondulantes y volúmenes orgánicos que fluyen con el cuerpo.
- Uso de mosaicos iridiscentes que juegan con la luz de forma hipnótica.
- Estructuras arquitectónicas que parecen desafiar las leyes de la gravedad.
Al igual que las columnas inclinadas o las bóvedas de Gaudí no eran simples caprichos decorativos sino soluciones estructurales inspiradas en la naturaleza, los vestidos de Schiaparelli parecen emerger de la anatomía humana. No se imponen sobre el cuerpo, sino que se funden con él en una estructura continua de bordados y costuras fluidas.
El triunfo de la mano humana frente a la IA
En un mundo donde la inteligencia artificial puede escupir mil diseños en un parpadeo, Schiaparelli ha decidido plantar bandera en el lado opuesto. Esta colección es un grito a favor de la artesanía pura y dura, reivindicando las interminables horas de taller que requiere la alta costura.
Desde aplicaciones cerámicas y cristales meticulosamente colocados hasta cuentas y superficies moldeadas a mano, cada pieza es un monumento al conocimiento y al oficio. Roseberry recupera aquí la esencia de Gaudí, quien trabajaba codo con codo con forjadores, ebanistas y ceramistas para dar vida a sus visiones.
Esta apuesta por la materia tangible es una respuesta directa a la era digital. El diseñador sostiene que la verdadera innovación hoy en día no está en un software, sino en explorar nuevas formas de trabajar con los materiales rígidos para convertirlos en algo orgánico y vivo.
La propuesta final de Schiaparelli termina siendo más que ropa; es una reflexión profunda sobre la capacidad de crear cuando sentimos que todo ha sido ya inventado. Al adoptar la actitud de Gaudí, la marca demuestra que el arte reside en el proceso, en la duda y en la capacidad de lanzarse al vacío para descubrir algo verdaderamente único.