Primer trasplante de cara del mundo con donante fallecido por eutanasia

  • El Hospital Vall d'Hebron ha realizado el primer trasplante de cara del mundo con donante fallecido por eutanasia.
  • La receptora, Carme, sufrió una necrosis facial masiva tras una infección bacteriana por una picadura de insecto.
  • La donación estaba vinculada a una solicitud de eutanasia y permitió una planificación 3D previa inédita.
  • La operación, de máxima complejidad, duró unas 24 horas y contó con cerca de 100 profesionales.

Equipo médico realiza trasplante de cara con donante por eutanasia

El Hospital Vall d’Hebron de Barcelona se ha situado de nuevo en la primera línea de la medicina mundial al llevar a cabo el primer trasplante de cara del mundo con una donante fallecida por eutanasia. Se trata de un procedimiento de una complejidad excepcional, que combina cirugía de alta precisión, planificación tecnológica avanzada y un delicado manejo ético y psicológico.

La receptora es Carme, una mujer que vio cómo una infección bacteriana le provocaba una necrosis masiva de los tejidos faciales, dejándola sin capacidad para comer con normalidad, respirar bien ni reconocerse en el espejo. Cuatro meses después de la intervención, relata que ha recuperado funciones básicas y que su vida “empieza a parecerse otra vez a una vida normal”.

Un hito médico y ético sin precedentes

Hospital Vall d'Hebron y equipo de trasplante de cara

En el centro de este caso hay una donante que había solicitado la prestación de ayuda para morir (eutanasia) y que, además de ceder órganos y tejidos, manifestó de forma expresa su voluntad de donar también su cara. Según explicó la coordinadora médica de Donación y Trasplantes del hospital, Elisabeth Navas, la mujer dejó constancia en sus voluntades anticipadas de que quería ayudar “en todo lo posible”. Posteriormente, pidió información específica sobre la posibilidad de donar su rostro y confirmó su deseo de hacerlo.

Los profesionales insisten en que la decisión de solicitar la eutanasia y la de donar órganos son procesos independientes, libres y voluntarios. El papel del equipo de coordinación de trasplantes, subraya Navas, es simplemente “hacer posible” aquello que el paciente ha decidido y ha dejado claramente expresado antes de morir.

El jefe del Servicio de Cirugía Plástica y Quemados, Joan-Pere Barret, fue uno de los médicos que habló personalmente con la donante. Explica que la mujer preguntó si su cara era válida para donar y que, pese a la gravedad de su propia enfermedad, se mostraba “feliz de poder ayudar a otras personas”. Barret define ese gesto como “la expresión máxima de amor y generosidad, dar sin esperar nada a cambio”.

Además del tejido facial, la donante cedió pulmones, hígado, riñones, córneas y otros tejidos. Según Navas, con esa decisión salvó la vida directa de al menos cuatro personas y mejoró la calidad de vida de muchas más, entre ellas Carme.

La historia de Carme: de la necrosis facial al trasplante

Paciente tras trasplante de cara en Vall d'Hebron

Carme se encontraba de vacaciones en Canarias cuando sufrió la picadura de un insecto que desencadenó una infección grave por la bacteria Streptococcus pyogenes. La infección derivó en una septicemia que la mantuvo en coma y la obligó a pasar por hasta tres unidades de cuidados intensivos. Cuando despertó, la necrosis había destruido buena parte de su rostro.

La paciente describe que la necrosis “se había comido media cara”: no podía abrir la boca para comer, le faltaba parte significativa de la nariz, respiraba mal y había perdido, incluso, parte de la visión. A nivel estético, reconoce que su aspecto era “bastante desagradable” y que dejó de salir de casa, incapaz de hacer algo tan sencillo como ir a tomar un café con normalidad.

Tras consultar a varios especialistas que le dijeron que poco se podía hacer, Carme encontró en Vall d’Hebron lo que ella misma define como “un rayo de luz”. En diciembre de 2024, el equipo médico le planteó distintas alternativas quirúrgicas, entre ellas un trasplante parcial de cara centrado en la zona media del rostro. Se trataba de una indicación extrema, reservada a casos en los que no es posible reconstruir las estructuras faciales con técnicas plásticas convencionales.

Carme aceptó asumir los riesgos y el largo proceso de rehabilitación que implica este tipo de trasplante. Hoy cuenta que el balance ha sido claramente positivo: puede hablar con mayor claridad, está “empezando a comer” por vía oral, respira mejor y asegura que ya no le importa salir a la calle porque siente que vuelve a tener una identidad reconocible.

Así fue la intervención: máxima complejidad y planificación 3D

La operación se llevó a cabo en septiembre y se prolongó durante unas 24 horas ininterrumpidas. Participaron cerca de 100 profesionales de múltiples especialidades: cirugía plástica y reparadora, anestesia, intensivistas, inmunólogos, radiólogos, ingenieros de impresión 3D, fisioterapeutas, psiquiatras, psicólogos y personal de enfermería especializado.

Uno de los elementos que convierte este caso en excepcional es que, al tratarse de una donación vinculada a una eutanasia programada, el equipo conocía con anticipación la fecha y hora aproximadas del fallecimiento. Esto permitió una planificación quirúrgica en 3D tanto de la donante como de la receptora, algo muy poco habitual en trasplantes de este tipo, que suelen depender de la imprevisibilidad de la muerte encefálica.

Con las tomografías computarizadas de ambas, la Unidad de Impresión 3D de Vall d’Hebron y una empresa de ingeniería colaboradora elaboraron modelos digitales tridimensionales de las estructuras óseas y de los tejidos. A partir de esos modelos se fabricaron máscaras de silicona semirrígida y guías de corte óseo personalizadas para donante y receptora, lo que permitió ajustar con gran precisión las piezas óseas que iban a trasplantarse.

Según detalla Barret, lo que se implantó fue un bloque compuesto por piel, tejido adiposo, nervios periféricos, musculatura facial, huesos faciales y cartílagos, todo ello configurado en una estructura tridimensional compleja. Las técnicas de microcirugía vasculonerviosa fueron clave para conectar vasos sanguíneos y nervios de menos de un milímetro de diámetro y así garantizar, con el tiempo, la recuperación de la movilidad y la sensibilidad.

El propio Barret lo resume con una frase que repiten los especialistas en este ámbito: “un trasplante de cara que no se sienta y no se mueva no es más que una máscara”. El objetivo no es solo devolver un aspecto socialmente aceptable, sino restaurar funciones vitales como respirar, hablar, comer, ver y gesticular de forma coordinada.

Selección de donante y receptora: compatibilidad y equilibrio emocional

Antes de llegar al quirófano, el proceso pasa por una criba muy estricta. En términos médicos, donante y receptora deben compartir grupo sanguíneo y sexo y presentar unas medidas craneofaciales similares para que el encaje anatómico sea lo más preciso posible. Además, se analiza la compatibilidad inmunológica para reducir el riesgo de rechazo agudo y crónico del injerto.

En el caso de Carme, la indicación de trasplante se basó en que había perdido estructuras centrales del rostro —incluida parte del maxilar superior, que forma el paladar y parte de la órbita y la nariz— y que otras técnicas reconstructivas no podían ofrecerle una funcionalidad aceptable. Entre sus principales limitaciones estaban la dificultad extrema para nutrirse, los problemas serios de respiración y la imposibilidad de articular el habla con claridad.

Pero la parte puramente clínica es solo una cara de la moneda. La otra es la valoración psicosocial. La directora de la Organización Nacional de Trasplantes, Beatriz Domínguez Gil, recuerda que los trasplantes faciales “se consideran todavía un procedimiento experimental” y que por ello “requieren una autorización caso por caso”. Se evalúan la capacidad de adaptación del paciente, su estabilidad emocional, el apoyo familiar y social, las expectativas que tiene y su disposición a seguir un tratamiento complejo y prolongado.

En Vall d’Hebron, el acompañamiento psicológico empezó mucho antes de la cirugía y sigue activo. Carme ha contado con el apoyo de psiquiatras y psicólogas del hospital desde el inicio del proceso, para ayudarla a transitar por las distintas fases de aceptación de un rostro nuevo. Según Navas, el equipo también cuenta con herramientas de soporte para los propios profesionales, que deben afrontar la presión técnica y la carga simbólica de una intervención tan singular.

La legislación española impide que donante y receptora se conozcan o tengan contacto alguno. Carme explica que, aunque piensa a menudo en la donante y le agradece lo que hizo, considera que un contacto directo “habría generado un vínculo muy intenso que quizá no hubiera sido sano a largo plazo”.

Rehabilitación, medicación e incertidumbres a largo plazo

Tras la operación, Carme estuvo aproximadamente un mes hospitalizada y después pasó a una fase de rehabilitación intensiva. La doctora Daniela Issa, del Servicio de Medicina Física y Rehabilitación, explica que al principio la cara trasplantada se encuentra en una fase hipotónica, sin movimiento, porque las conexiones nerviosas todavía no han empezado a funcionar. En esa etapa se trabaja con ejercicios delante del espejo, estímulos táctiles y distintas texturas para ayudar al cerebro a “reconectar” con la nueva musculatura.

Carme bromea con que es “una alumna aplicada” y que ahora le toca “hacer los deberes”: realiza a diario fisioterapia facial para recuperar la gesticulación, la sonrisa y la coordinación de la boca y los labios. Cuenta que le gustaba mucho reírse y que, aunque su risa todavía es “un poco rara”, nota que cada vez se va reconociendo más en el espejo y que la movilidad mejora semana a semana.

Como en cualquier trasplante, la receptora deberá tomar medicación inmunosupresora de por vida para evitar el rechazo del injerto. Esto conlleva riesgos añadidos, como mayor susceptibilidad a infecciones y posibles efectos secundarios a largo plazo. Estudios recientes sobre los primeros 50 trasplantes faciales del mundo señalan que la supervivencia global a cinco años ronda el 85% y que a los diez años se sitúa en torno al 74%, pero también describen fallos de injerto y la necesidad de re-trasplantes en algunos casos.

Domínguez Gil puntualiza que, pese a estos resultados “alentadores”, el procedimiento “no está completamente consolidado” y faltan datos detallados sobre aspectos como la recuperación funcional fina y el impacto psicológico a muy largo plazo. Barret, que forma parte del comité científico de la Sociedad Internacional de Trasplante de Tejidos Compuestos, apunta que los problemas de mayor gravedad suelen concentrarse en los primeros años y que, en pacientes sin antecedentes psiquiátricos graves, la adaptación emocional suele ser buena.

En una encuesta reciente a receptores europeos de trasplante facial, casi el 90% afirmaba que volvería a pasar por la intervención por el gran beneficio funcional que les ha aportado. En el caso de Carme, su testimonio encaja con esa tendencia: asegura que le han devuelto una calidad de vida que no pensaba volver a tener.

Vall d’Hebron y el papel de España en los trasplantes de cara

El trasplante de Carme se suma a una trayectoria ya extensa del Hospital Vall d’Hebron en este campo. Este centro fue el responsable, en 2010, del primer trasplante total de cara del mundo, un injerto que incluía todos los tejidos blandos del rostro y parte importante de la estructura ósea, y que supuso un antes y un después en la cirugía reconstructiva.

En España se han realizado hasta la fecha seis trasplantes faciales, tres de ellos en Vall d’Hebron. Los dos primeros, de carácter parcial, tuvieron lugar en 2009 y 2010 en Valencia y Sevilla, respectivamente. Posteriormente, el hospital barcelonés llevó a cabo el mencionado primer trasplante total y, más tarde, una intervención en 2015 en la que se trasplantaron los dos tercios inferiores de la cara de un paciente con una malformación vascular agresiva.

En 2024, el Hospital de Bellvitge practicó otro trasplante facial con una particularidad relevante: fue el primer caso en el mundo con un donante en asistolia controlada, es decir, con parada cardíaca y no en situación de muerte encefálica, ampliando así el abanico de posibles donantes. Con el caso de Carme, España vuelve a aparecer en la literatura médica internacional, esta vez por el uso pionero de una donante fallecida por eutanasia en un trasplante de cara.

Según los datos difundidos por Vall d’Hebron, en todo el planeta se han efectuado 54 trasplantes faciales hasta ahora y solo una veintena de centros están acreditados para realizar este tipo de intervenciones. De ellos, apenas siete hospitales han llevado a cabo tres o más trasplantes, lo que ilustra el altísimo grado de especialización y recursos que se requieren.

Para la dirección asistencial de Vall d’Hebron, representada por Maria José Abadías, este trasplante no solo es un éxito clínico, sino también un motivo de orgullo para la sanidad pública y la sociedad. Subraya el “esfuerzo colectivo” de los equipos y la “extraordinaria generosidad” de la donante como elementos esenciales para que un avance de este calibre haya sido posible.

El caso de Carme ilustra hasta qué punto la combinación de innovación tecnológica, experiencia quirúrgica y generosidad en la donación puede cambiar por completo la trayectoria vital de una persona. Aún le queda recorrido de recuperación y controles médicos, pero ya ha recuperado funciones que daba por perdidas y ha vuelto a una vida social que parecía imposible tras la necrosis facial. Todo ello, apoyado en un sistema de trasplantes que, en España y en Europa, sigue abriendo camino en territorios donde la ciencia, la ética y la experiencia humana se entrelazan de forma especialmente intensa.