Las mejores películas de Sam Raimi que tienes que ver

  • Sam Raimi ha construido una filmografía muy variada, desde el terror de bajo presupuesto de la saga Evil Dead hasta superproducciones como Spider-Man y Doctor Strange.
  • Sus señas de identidad son un estilo visual muy marcado, la mezcla de terror, humor y acción y una narración enérgica llena de movimientos de cámara extremos.
  • Títulos como ‘Posesión infernal’, ‘Terroríficamente muertos’, ‘Spider-Man 2’ o ‘Arrástrame al infierno’ están considerados entre sus obras maestras dentro del género fantástico y superheroico.
  • Incluso en sus películas menos redondas, Raimi mantiene un sello autoral que lo ha convertido en director de culto e influencia clave en el cine comercial actual.

Mejores películas de Sam Raimi

Sam Raimi es uno de esos directores que reconoces casi al vuelo, aunque no se vea su nombre en pantalla. Sus travellings imposibles, los zooms que parecen lanzarse sobre los personajes y ese equilibrio tan suyo entre terror, humor y aventura han marcado a varias generaciones de espectadores. Desde una cabaña perdida en el bosque rodada con cuatro duros hasta los superhéroes más taquilleros de Marvel, su filmografía es un viaje alucinado por géneros muy distintos, pero siempre con la misma personalidad inconfundible.

A lo largo de más de cuatro décadas, Raimi ha pasado de ser el chaval veinteañero de Míchigan que revolucionó el terror de serie B con ‘The Evil Dead’ a convertirse en uno de los responsables del éxito masivo del cine de superhéroes gracias a la trilogía de ‘Spider-Man’. Entre medias, se ha atrevido con westerns revisionistas, thrillers secos y helados, dramas de béisbol, fantasías para todos los públicos y hasta encargos mastodónticos como ‘Doctor Strange en el multiverso de la locura’. Esta guía repasa sus mejores películas, las más queridas, las más polémicas y también las que muchos han pasado por alto.

Quién es Sam Raimi y por qué se ha convertido en director de culto

Samuel Marshall Raimi nació en Royal Oak, Míchigan, en 1959 y muy pronto se obsesionó con el cine: rodaba cortos caseros con amigos y familiares, entre ellos Bruce Campbell, que acabaría siendo su actor fetiche. Con solo 20 años se lanzó, casi sin red, a levantar ‘The Evil Dead’, un largometraje de terror de bajísimo presupuesto que terminó convirtiéndose en una revolución del género y en un fenómeno de culto internacional.

Su fama mundial se disparó gracias a dos grandes pilares: por un lado, la trilogía de ‘The Evil Dead’, que redefinió la posesión demoníaca mezclando gore, slapstick y un humor negrísimo; por otro, la trilogía ‘Spider-Man’ con Tobey Maguire, que estableció las bases del blockbuster de superhéroes moderno. Entre ambos extremos se cuelan thrillers como ‘Un plan sencillo’, experimentos superheroicos como ‘Darkman’ y proyectos más familiares como ‘Oz, un mundo de fantasía’.

Raimi ha demostrado ser un autor visual clarísimo incluso en trabajos de encargo: ya esté rodando un drama sureño con toques sobrenaturales, un western de duelos o una superproducción del MCU, siempre deja su huella en el movimiento de cámara, el montaje nervioso y esa manera juguetona de mezclar tensión, horror y comedia. Su legado se percibe tanto en el terror independiente como en los grandes taquillazos de Hollywood.

Los inicios del terror: la saga Evil Dead

Películas de terror de Sam Raimi

‘Posesión infernal’ (The Evil Dead, 1981) es el punto de partida de todo. Rodada casi como una aventura amateur, con un presupuesto aproximado de 375.000 dólares y un equipo formado por amigos, se convirtió en un bombazo del terror de bajo presupuesto. Stephen King llegó a describirla como la película “más feroz y original” que había visto, y la comparación con ‘La noche de los muertos vivientes’ de George A. Romero no tardó en aparecer: ambas demostraban que, con ingenio y ganas, se podía cambiar el género sin el respaldo de un gran estudio.

La película narra el infierno que viven varios jóvenes en una cabaña en el bosque después de despertar una fuerza demoníaca mediante el Necronomicón. Raimi combina una atmósfera opresiva con una puesta en escena hiperactiva: la cámara se desliza y se lanza sobre los personajes, la violencia es creativa y la famosa escena de la violación por parte del bosque sigue siendo una de las más polémicas e impactantes del cine de terror. Pese a su espíritu casi casero, recaudó más de 2,4 millones de dólares y ganó premios como el Saturn a mejor película de bajo presupuesto y reconocimientos en el Festival de Sitges.

‘Terroríficamente muertos’ (Evil Dead II, 1987) lleva el concepto un paso más allá. Más que una secuela al uso es casi un remake con más dinero y mucha más mala leche cómica. Raimi afina aquí el tono splatstick, una mezcla explosiva de gore y slapstick donde la sangre vuela hacia la cámara, los miembros amputados se convierten en objeto de gag y Ash Williams (Bruce Campbell) se transforma en un héroe del terror absolutamente icónico.

El film dobló la apuesta en todos los frentes: más criaturas, más efectos especiales salvajes, maquillaje exagerado y un festival de zooms imposibles y movimientos de cámara que se estrellan contra puertas y paredes. Esa energía frenética sentó las bases del “estilo Raimi” tal y como lo entendemos hoy, y consolidó a Ash como el primer gran protagonista recurrente del cine de terror moderno, con su motosierra, su escopeta y sus frases lapidarias.

La trilogía original se cierra con ‘El ejército de las tinieblas’ (Army of Darkness, 1992), que cambia radicalmente de escenario: Ash es transportado a la Inglaterra del siglo XIV, donde debe enfrentarse a un ejército de esqueletos comandado por una versión malvada de sí mismo. Aquí el terror deja paso a una fantasía medieval con toques de comedia slapstick, stop-motion a lo Ray Harryhausen y una lluvia de frases míticas por minuto.

La película mezcla aventura, comedia y terror fantástico, y adelanta ya el gusto de Raimi por los viajes entre dimensiones y realidades alternativas que luego explotaría en el universo Marvel. Aunque en taquilla no fue un pelotazo, con algo más de 21 millones de dólares recaudados a partir de un presupuesto estimado de 13 millones, se convirtió en obra de culto absoluta y en un compendio perfecto de todo lo que definía su primera etapa.

El salto al thriller y al drama: versatilidad más allá del terror

Lejos de encasillarse solo en el gore, Raimi empezó a probar otros géneros en los 90. Uno de sus experimentos más interesantes es ‘Un plan sencillo’ (A Simple Plan, 1998), un tenso thriller criminal basado en la novela de Scott Smith, que también se encargó del guion. La historia sigue a dos hermanos que encuentran una maleta llena de dinero en un avión estrellado y deciden quedárselo, desencadenando una espiral de paranoia, desconfianza y violencia.

Esta película sorprendió a muchos críticos que solían mirar con recelo el cine de Raimi, entre ellos Roger Ebert, que la elogió ampliamente. Se habló de ella como una especie de prima lejana de las historias de los hermanos Coen, con ese aire de tragedia rural cubierta de nieve, decisiones estúpidas y consecuencias terribles. Puede que no sea la obra más “loca” de Raimi, pero su sobriedad demuestra que podía manejar el suspense puro sin necesidad de demonios ni chistes macabros.

Otro giro curioso en su carrera es ‘Entre el amor y el juego’ (For Love of the Game, 1999), un drama romántico y deportivo con Kevin Costner como estrella envejecida del béisbol en plena crisis vital. La película se apoya en el último partido de su carrera para ir desgranando, a base de flashbacks, su vida sentimental y profesional. Es quizá la cinta donde menos se reconoce de entrada el estilo Raimi, salvo en algunas secuencias de lanzamientos y en el uso emocional del montaje.

El film no encajó del todo ni en la trayectoria del director ni en el gusto del público: partiendo de un presupuesto de 50 millones de dólares, apenas recaudó unos 46 millones y quedó como una rareza, más funcional que inspirada. Costner, que por entonces ya estaba en la recta final de su etapa como gran superestrella, no logró convertirla en otro de sus relatos icónicos de béisbol, aunque para los aficionados al deporte tiene detalles interesantes y cierto encanto clásico.

En el año 2000, Raimi volvió a un terreno más oscuro con ‘Premonición’ (The Gift), un thriller sobrenatural ambientado en el sur de Estados Unidos. Cate Blanchett interpreta a una mujer con capacidades psíquicas que se ve envuelta en la investigación de un asesinato. La película recoge elementos del gótico sureño, con atmósferas húmedas, personajes rotos y secretos inconfesables que salen a flote poco a poco.

‘Premonición’ combina esa vertiente dramática con los intereses habituales de Raimi: el uso del suspense, lo sobrenatural como amenaza y esa sensación de fatalidad que se cierne sobre los personajes. Con un presupuesto de apenas 10 millones (en muchas fuentes se menciona alrededor de 5) consiguió superar con holgura los 60 millones de recaudación. Además de Blanchett, el reparto está lleno de caras conocidas como Giovanni Ribisi, Keanu Reeves, Katie Holmes, Greg Kinnear o Hilary Swank, y la película se ha revalorizado con los años como una joya algo olvidada de su filmografía.

Experimentando con la comedia y el western

Antes de asentarse en el gran mainstream, Raimi tuvo algún que otro tropiezo sonado. ‘Crimewave’ (estrenada en España como ‘Ola de crímenes, ola de risas’, 1985) es un ejemplo clarísimo: una comedia criminal loca, coescrita con los hermanos Coen, que pretendía parecerse a un dibujo animado de carne y hueso. La película cuenta la historia de un condenado a muerte que recuerda, justo antes de su ejecución, el embrollo que le ha llevado hasta la silla eléctrica, con asesinos estrafalarios y situaciones absurdas.

Aunque tiene gags divertidos y un ritmo de puesta en escena muy energético, el film sufrió la intervención de productores que limitaron la libertad creativa de Raimi y de los Coen. El resultado es un híbrido extraño, simpático por momentos pero muy irregular, que casi le cuesta la carrera. Aun así, se pueden reconocer ideas visuales y tonos que más adelante aparecerían, con más éxito, en ‘Arizona Baby’ de los Coen.

Más redonda es ‘Rápida y mortal’ (The Quick and the Dead, 1995), un western estilizado protagonizado por Sharon Stone, Gene Hackman, Russell Crowe y un jovencísimo Leonardo DiCaprio. Llegó después del western crepuscular definitivo de Clint Eastwood, ‘Sin perdón’, pero en lugar de seguir ese tono oscuro y realista, Raimi optó por un acercamiento completamente opuesto: duelos convertidos en espectáculo casi de cómic, personajes más grandes que la vida y una puesta en escena que roza lo cartoon.

La película homenajea y lleva al extremo la influencia de Sergio Leone: planos detalle exagerados, juegos con la luz del sol en los revólveres, zooms a toda velocidad y movimientos de cámara imposibles, como esos famosos planos que viajan junto a las balas. Sharon Stone rompe la imagen tradicionalmente masculina del género interpretando a una pistolera letal y carismática que busca venganza, mientras que Hackman retoma el papel de villano tiránico que ya había bordado en ‘Sin perdón’. Pese a una recepción tibia en su estreno, hoy se reivindica como una de las películas más “Raimi” fuera del terror.

La revolución superheroica: Darkman, Spider-Man y el nacimiento del blockbuster moderno

Mucho antes de Marvel Studios, Raimi ya jugueteaba con el superhéroe trágico. ‘Darkman’ (1990) nace de sus frustrados intentos por adaptar cómics como Batman o The Shadow. Como no consiguió los derechos, decidió inventar su propia figura: un científico desfigurado que, tras un ataque brutal, adquiere la capacidad de crear rostros sintéticos temporales y se convierte en vigilante vengador. Con Liam Neeson como protagonista y Frances McDormand en el reparto, la película mezcla horror, acción y melodrama romántico.

‘Darkman’ fue una pieza clave en la evolución del superhéroe en pantalla, adelantándose a muchas de las ideas sobre trauma, identidad fragmentada y estética gótica que años después serían habituales. Su tono excesivo, los estallidos de violencia y las secuencias casi operísticas marcan una clara línea directa hacia lo que Raimi haría después con Spider-Man, a la vez que consolidan a Neeson como un héroe trágico y atormentado, muy distinto al que veríamos luego en su etapa de acción.

Con ‘Spider-Man’ (2002), Raimi dio el gran salto definitivo al cine de estudios. Basada en el personaje creado por Stan Lee y Steve Ditko, la película narra la transformación de Peter Parker, un chico tímido y torpe, en el superhéroe más popular de Marvel. La primera hora es casi un manual perfecto de cómo construir un origen superheroico: la picadura de la araña, el descubrimiento de los poderes, la tragedia de la muerte del tío Ben y la asunción de la responsabilidad.

Aunque el tercer acto con el Duende Verde de Willem Dafoe tiene altibajos y el guion de David Koepp no es perfecto, la cinta se convirtió en un fenómeno mundial, recaudando unos 825 millones de dólares a partir de 139 millones de presupuesto. Fue nominada a varios premios, incluidos dos Óscar técnicos, y ayudó a demostrar que el cine de cómics podía ser un pilar central del blockbuster del siglo XXI. La mezcla de melodrama adolescente, acción espectacular y un toquecito de horror visual es puro Raimi.

La cima artística de esta etapa llega con ‘Spider-Man 2’ (2004), para muchos la mejor película de superhéroes realizada hasta hoy. Aquí el director combina su amor por el cómic clásico de John Romita con un lenguaje visual dinámico: planos holandeses, cortes bruscos, cámara subjetiva y secuencias de acción que parecen viñetas en movimiento. La trama se centra en el conflicto interno de Peter Parker, dividido entre su vida personal y su responsabilidad como héroe, mientras se enfrenta al Doctor Octopus, interpretado por un inmenso Alfred Molina.

La película fue un éxito apabullante, con cerca de 789 millones de recaudación sobre un presupuesto de 200 millones. Ganó el Óscar a mejores efectos visuales, obtuvo nominaciones a sonido y mezcla de sonido, fue incluida en el top 10 anual del American Film Institute y sumó premios en los Saturn, los BAFTA y otros certámenes. Además, incluye una de las secuencias más “de terror” del cine superheroico: el nacimiento de Doc Ock en el quirófano, que parece sacada directamente de una pesadilla de ‘Evil Dead’.

‘Spider-Man 3’ (2007) supuso, en cambio, un choque doloroso entre autor y estudio. La película acumuló líneas argumentales (el simbionte, Venom, el Hombre de Arena, el conflicto con Harry Osborn) y sufrió las imposiciones del estudio, que obligó a Raimi a incluir a Venom pese a sus reticencias. El resultado fue un relato descompensado, con cambios de tono bruscos y una sensación de saturación narrativa que muchos espectadores notaron.

Con los años, sin embargo, ha ganado cierto encanto camp: escenas como el famoso baile de Peter con el traje negro se han convertido en memes, y la figura del Spider-Man “malote” ya forma parte de la cultura pop. Aunque sigue viéndose como una oportunidad perdida para explorar el lado oscuro del héroe con más profundidad, no es un desastre absoluto y tiene secuencias de acción muy potentes. A nivel industrial, marcó el final de la etapa de Raimi con Sony y le empujó a alejarse durante un tiempo del cine de superhéroes.

Regreso al terror y fantasía: del infierno a Oz y al multiverso

Tras el desgaste de ‘Spider-Man 3’, Raimi regresó a lo que mejor sabía hacer con ‘Arrástrame al infierno’ (Drag Me to Hell, 2009). Con un presupuesto moderado (unos 30 millones) y más de 90 millones de recaudación global, la película fue celebrada como una vuelta a la forma original del director. Cuenta la historia de Christine Brown, una empleada de banco que niega una prórroga a una anciana y termina maldita, perseguida por un demonio que la atormentará durante tres días antes de arrastrarla, literalmente, al infierno.

La cinta es un festival de splatstick actualizado a la calificación PG-13: puñetazos imposibles, vómitos de todo tipo de fluidos, apariciones demoníacas grotescas, golpes visuales de humor negrísimo y momentos de puro horror. Raimi combina la estructura de cuento moral (la ambición y la culpa de la protagonista) con un imaginario cercano al de ‘La noche del demonio’ de 1957 y la premisa de ‘Maleficio’ de Stephen King. El final, seco y cruel, la elevó al estatus de clásico moderno del género.

En 2013 cambió de registro con ‘Oz, un mundo de fantasía’ (Oz: The Great and Powerful), una precuela del clásico universo de L. Frank Baum producida por Disney. Muchos esperaban algo más oscuro, en la línea de la secuela ochentera ‘Oz, un mundo fantástico’, pero el estudio apostó por un tono más cercano al colorido film de los años 30. James Franco encarna a un mago caradura que llega accidentalmente al mundo de Oz, donde deberá enfrentarse a brujas interpretadas por Mila Kunis, Rachel Weisz y Michelle Williams.

Aunque muy alejada del gore y el exceso de sus inicios, la película muestra a un Raimi cómodo en el terreno de la fantasía familiar, con un diseño de producción lleno de colores saturados, criaturas digitales y set pieces espectaculares. Conserva cierto sentido del humor malévolo y un gusto por el peligro suavizado, propio del cine infantil del siglo XXI, menos dispuesto a traumatizar a los críos. La cinta funciona casi como la versión que Disney habría querido que fuese la ‘Alicia’ de Tim Burton.

Su gran regreso al mainstream superheroico llegó con ‘Doctor Strange en el multiverso de la locura’ (Doctor Strange in the Multiverse of Madness, 2022), la película número 28 del Universo Cinematográfico de Marvel. Con un presupuesto de alrededor de 200 millones y una recaudación aproximada de 810 millones, esta secuela del Doctor Strange de 2016 le permitió volver a jugar con la mezcla de géneros: aventura, ciencia ficción, terror, fantasía y humor, todo pasado por el filtro del multiverso.

Aunque el sello del MCU es muy reconocible, el toque Raimi es evidente en los encuadres inclinados, los zooms repentinos, las transiciones delirantes y el gusto por el terror visual. Hay brujas de cuento que remiten a ‘Oz’, zombis y posesiones que recuerdan a ‘Evil Dead’, e incluso secuencias de acción sobre fachadas de edificios que evocan a ‘Spider-Man 2’. Es un auténtico resumen de su carrera dentro de una gran superproducción Marvel, con momentos de locura visual que se salen del estándar del estudio.

Las películas que dividen: fracasos, rarezas y obras menores

Dentro de la filmografía de Raimi también encontramos títulos muy discutidos, que para algunos son pequeños placeres culpables y para otros directamente tropiezos. Ya hemos hablado de ‘Crimewave’ y ‘Entre el amor y el juego’, pero también se puede incluir en este bloque ‘Oz, un mundo de fantasía’ para quienes esperaban un enfoque más siniestro, o ‘Spider-Man 3’ por su caos estructural.

Lo interesante de estas obras es que, incluso cuando fallan, siguen siendo reconociblemente suyas en la forma de mover la cámara, en la apuesta por los personajes llevados al límite o en la mezcla de géneros. El problema suele venir de choques con los estudios, expectativas poco realistas o intentos de encajar su estilo en moldes demasiado prefabricados. Aun así, casi todas han ido encontrando defensores con el paso del tiempo.

En televisión, aunque aquí nos centramos en el cine, su influencia tampoco es menor: ha producido series y proyectos relacionados con su universo, como ‘Ash vs Evil Dead’, que retoma al personaje de Bruce Campbell ya mayor, pero igual de bocazas y temerario. Esa continuidad entre cines y series refuerza la idea de que Raimi ha creado uno de los universos autorales más reconocibles del audiovisual contemporáneo.

En los últimos años también se ha hablado de nuevos proyectos de terror firmados por él, y su nombre se ha asociado a futuros estrenos de género, demostrando que el interés por su forma de entender el cine fantástico sigue muy vivo. Aunque haya alternado grandes encargos con periodos de relativa inactividad, cada regreso suyo parece un pequeño acontecimiento para los fans.

Mirando en conjunto su trayectoria, lo que destaca es la capacidad de Raimi para moverse entre el culto minoritario y el gran éxito comercial. Puede dirigir una cinta casi amateur de posesiones diabólicas y, con la misma mano, firmar una superproducción de Marvel o la epopeya de uno de los superhéroes más famosos del planeta. Y, pese a todos esos cambios de escala y de presupuesto, sigue siendo fácil intuir que quien está detrás de la cámara es la misma persona que hace décadas rodaba frenéticas persecuciones demoníacas en una cabaña perdida en el bosque.


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