Las mejores películas de Sam Raimi que definen su carrera

  • Sam Raimi combina terror, comedia y cómic en una filmografía con sello propio, desde Evil Dead hasta el MCU.
  • Spider-Man y Spider-Man 2 revolucionaron el cine de superhéroes y consolidaron su salto al gran estudio.
  • Sus thrillers como Un plan sencillo y Premonición demuestran una versatilidad que va más allá del terror.
  • El legado de Raimi se percibe tanto en el terror de bajo presupuesto como en el blockbuster contemporáneo.

mejores peliculas de Sam Raimi

Sam Raimi es uno de esos directores que, aunque no seas muy fan del cine de terror o de los superhéroes, te suena sí o sí. Desde que, con poco más de 20 años, rodó junto a unos amigos de Míchigan una pequeña película de horror llamada The Evil Dead, su nombre quedó ligado para siempre al terror de bajo presupuesto, a los travellings imposibles y a un sentido del humor negrísimo que ha influido a medio Hollywood.

Con el tiempo, aquel chaval de Royal Oak (Míchigan), nacido en 1959 como Samuel Marshall Raimi, dio el salto al gran estudio, se convirtió en el padre espiritual del cine de superhéroes moderno con su trilogía de Spider-Man y, décadas después, ha regresado al universo Marvel con Doctor Strange en el multiverso de la locura. Entre medias ha dejado westerns rarísimos, thrillers criminales, fantasía infantil y hasta dramas de béisbol. En este repaso vamos a reunir las mejores películas de Sam Raimi, sus obras clave, algunas rarezas y también sus tropiezos más comentados, cruzando toda la información anterior y ordenándola por el ADN más puramente “raimiesco”.

Breve retrato de Sam Raimi y su estilo

Sam Raimi empezó rodando cortos caseros con sus colegas, mezclando gore, slapstick y un humor gamberro heredero de los dibujos de Tex Avery. Esa base se trasladó a su debut profesional, Posesión infernal (The Evil Dead, 1981), una cinta de terror de serie B que se convirtió en fenómeno de culto gracias a su mezcla explosiva de cámaras desbocadas, violencia extrema y chistes macabros.

Con la saga Evil Dead (tres películas y posterior serie de televisión) consolidó un subgénero propio que muchos llaman splatstick, una combinación de sangre a cubos, monstruos demoníacos y comedia física cercana al cartoon. Más tarde, Raimi demostró que no era solo “el de la cabaña en el bosque”: tocó el western, el thriller serio, el drama deportivo y el cine familiar, hasta aterrizar en las majors con sus Spider-Man, que marcaron un antes y un después en la forma de adaptar cómics al cine.

Su legado se puede mirar de dos formas: por un lado, es admirable cómo un cineasta con un estilo tan reconocible ha logrado entrar en el mainstream sin diluir del todo su personalidad; por otro, también es cierto que su éxito allanó el camino del boom del cine de superhéroes que hoy domina la cartelera y deja menos hueco para otras propuestas. En cualquier caso, sus películas muestran una capacidad única para mezclar géneros y tonos y narrarlo todo con una energía visual inconfundible.

La trilogía Evil Dead: cuando la cabaña en el bosque cambió el terror

Posesión infernal (The Evil Dead, 1981) es el punto cero del universo Raimi. Con un presupuesto ridículo, actores amigos (con un jovencísimo Bruce Campbell al frente) y una cabaña perdida en el bosque, levantó una de las películas de terror más influyentes de los 80. Stephen King llegó a decir que era la cinta “más feroz y original” que había visto, y no iba desencaminado.

La historia es sencilla: un grupo de chavales se refugia en una cabaña, encuentran el Necronomicón y una grabación que despierta fuerzas demoníacas. Lo que distingue a la película no es el argumento, sino el frenesí visual y el tono salvaje: la cámara corre, se estrella contra puertas, persigue a los personajes como si fuera un espíritu; la sangre y los fluidos lo manchan todo; y la célebre secuencia de la violación del bosque sigue resultando tremendamente perturbadora hoy en día. A pesar de sus efectos cutres y su producción casi amateur, su personalidad es tan potente que se ha convertido en referencia obligada del género.

Terroríficamente muertos (Evil Dead II, 1987) funciona casi como un remake con más dinero y mucha más mala leche cómica. En España, el nuevo título le sentó de maravilla, porque ya no hablamos solo de una peli de terror, sino de la cumbre del splatstick ochentero. Raimi repite la premisa de la cabaña, el libro maldito y la posesión, pero multiplica el humor físico, la locura y los efectos especiales creativos: miembros amputados que siguen moviéndose, objetos inanimados que se ríen, sangre en cantidades absurdas lanzada literalmente a la cámara.

Aquí se consagra Ash Williams como héroe absoluto del cine de terror: un tipo torpe, fanfarrón, pero carismático, que se enfrenta al mal armado con una escopeta y una motosierra. Y, de paso, Bruce Campbell se convierte en icono del género. Toda la gramática visual de Raimi está destilada en esta secuela: zooms imposibles, cámaras que vuelan, montaje frenético y un amor evidente por las lentes deformantes y los planos que rozan lo grotesco.

El ejército de las tinieblas (Army of Darkness, 1992) cierra la trilogía llevando a Ash al medievo, justo después de los sucesos de Evil Dead II. El protagonista termina en la Inglaterra del año 1300 d. C., atrapado en una guerra contra un ejército de esqueletos comandado por una versión maligna de sí mismo. Raimi mezcla fantasía oscura, comedia y terror en una aventura que parece adelantarse a la idea de multiverso: el héroe salta entre dimensiones, combate demonios y colecciona frases lapidarias (los famosos one-liners) que se han quedado grabadas en la memoria de los fans.

La película contó con un presupuesto de unos 13 millones de dólares y recaudó más de 21 millones. Es una producción más grande que las anteriores, pero aún conserva el espíritu artesanal, con esqueletos stop-motion, maquillajes prácticos y chistes visuales heredados de los cartoons. A nivel de premios, se movió sobre todo en el circuito fantástico de festivales como Sitges o Fantasporto, donde el cine de Raimi siempre ha sido bien recibido.

Posesión infernal (The Evil Dead): el clásico que lo empezó todo

Más allá del impacto histórico, Posesión infernal se ha ido revalorizando con los años como una especie de “La noche de los muertos vivientes” de los 80. Su manera de actualizar el recurso de la posesión demoníaca, que venía de El exorcista, pasa por dinamitar cualquier atisbo de solemnidad: la cámara se convierte en entidad maligna, el montaje no deja respirar y la violencia gráfica combina asco y risa nerviosa de una forma que, en su momento, era algo nunca visto.

La cinta costó alrededor de 375.000 dólares y acabó recaudando más de 2,4 millones, un éxito tremendo para su escala. Obtuvo el premio Saturn a mejor película de bajo presupuesto, además del Clavel Medalla de Plata a los mejores efectos especiales y el Premio Internacional de la Crítica en el Festival de Sitges, que certificaron su condición de culto. A partir de ahí, Raimi y su equipo pudieron seguir ampliando el universo de los demonios kandarianos y forjar una de las sagas más queridas del terror.

Darkman y los superhéroes a la manera Raimi

Antes de poder poner sus manos sobre Spider-Man, Raimi intentó llevar a la pantalla personajes como Batman o The Shadow, pero los estudios no le dieron luz verde. Como respuesta, decidió crear su propio cruzado enmascarado: Darkman (1990), una mezcla entre El fantasma de la ópera y las historias de científicos deformados tipo La cosa del pantano.

Protagonizada por Liam Neeson y Frances McDormand, la película presenta a un investigador que, tras ser brutalmente desfigurado, usa una tecnología de piel sintética para convertirse en un vengador oscuro. El film es una pieza de serie B con alma de blockbuster que anticipa muchos rasgos del cine de superhéroes posterior: origen traumático, villanos exagerados, humor sombrío y una puesta en escena muy de cómic, con encuadres extremos y movimientos de cámara hiperbólicos.

Con el tiempo, Darkman se ha ganado el estatus de cinta de culto. Además de impulsar la carrera comercial de Neeson, funciona como puente directo entre la locura visual de Evil Dead y el estilo que Raimi desplegaría a lo grande en Spider-Man. Muchos de los gags visuales y del tono sarcástico hacia el héroe se verían años después perfeccionados en sus adaptaciones de Marvel.

Spider-Man y Spider-Man 2: la revolución superheroica

Cuando se estrenó Spider-Man (2002), el género de superhéroes no tenía nada que ver con la maquinaria del UCM. Raimi, trabajando con el guion de David Koepp, entendió que el atractivo de Peter Parker estaba en que era un underdog, un pringado adorable, más que un héroe inmaculado. De ahí que la película funcione casi como una historia de coming of age: seguimos a un chaval tímido que se enamora, sufre bullying, pierde a su tío y descubre que tiene poderes de araña.

La primera hora es una clase magistral de orígenes superheroicos, construyendo paso a paso la leyenda del trepamuros ideado por Stan Lee y Steve Ditko. A partir de ahí, el enfrentamiento con el Duende Verde interpretado por un inmenso Willem Dafoe tiene algún altibajo, pero el conjunto fue un pelotazo absoluto: con un presupuesto de unos 139 millones de dólares, recaudó alrededor de 825 millones en todo el mundo.

En cuanto a premios, Spider-Man consiguió dos nominaciones a los Óscar (mejor sonido y mejores efectos visuales), una nominación a los BAFTA, varias candidaturas a los Teen Choice Awards (ganó en tres categorías), un Saturn a la mejor música y un People’s Choice Award a película favorita. Su éxito abrió de par en par la puerta a la oleada de adaptaciones de cómic que dominarían el siglo XXI.

Dos años después llegó Spider-Man 2 (2004), para muchos, la verdadera obra maestra de Raimi y una de las mejores películas de superhéroes jamás rodadas. Aquí el director combina su sensibilidad de tebeo con un montaje endiablado y un lenguaje visual creativo repleto de lentes anguladas, zooms agresivos y cortes muy expresivos. La cinta equilibra drama romántico, comedia y acción espectacular, tomando como referencia directa las viñetas clásicas de John Romita.

El gran antagonista es el Doctor Octopus de Alfred Molina, cuya “escena de nacimiento” en el quirófano lleva la marca del terror de Raimi: si se mira sin sonido, casi podría pasar por un fragmento de Evil Dead, con cámaras nerviosas, sombras y violencia sugerida. A nivel industrial, la peli costó unos 200 millones y recaudó más de 789 millones de dólares, pero lo más llamativo son los reconocimientos: Óscar a mejores efectos visuales (además de nominaciones a mejor sonido y mejores efectos sonoros), dos nominaciones a los BAFTA, presencia en el Top 10 del año del AFI, un Critic’s Choice Award a mejor película popular y siete reconocimientos entre premios y nominaciones en los Saturn.

La trilogía se cerró con Spider-Man 3 (2007), una entrega marcada por la interferencia del estudio. La película intenta manejar demasiadas tramas y villanos (el Hombre de Arena, Venom, el nuevo Duende…), y el tono oscila entre el drama serio y el chiste involuntario, con el famoso Peter emo bailongo convertido en meme. Con los años, muchos fans la miran con algo más de cariño gracias precisamente a ese lado excesivo y autoparódico, y a la presencia de una Bryce Dallas Howard muy magnética, pero sigue percibiéndose como una oportunidad perdida: el lado más ligero de Raimi no terminó de encajar con la oscuridad que pedía el traje negro y Venom.

Doctor Strange en el multiverso de la locura: Marvel deja jugar a Raimi

Tras casi una década sin estrenar largo como director, Raimi regresó a la primera línea con Doctor Strange en el multiverso de la locura (2022), producción de Marvel Studios distribuida por Walt Disney Studios. Es la segunda aventura en solitario de Stephen Strange, creada originalmente por Marvel Comics, y la película número 28 del Universo Cinematográfico de Marvel.

El reparto lo encabezan Benedict Cumberbatch, Elizabeth Olsen, Chiwetel Ejiofor, Benedict Wong, Xochitl Gomez, Michael Stuhlbarg y Rachel McAdams. Con un presupuesto de alrededor de 200 millones de dólares, la cinta superó los 810 millones de recaudación mundial, demostrando que el tirón de Raimi seguía intacto cuando se asocia a una franquicia potente.

Lo interesante aquí es cómo el director logra colarse dentro de la maquinaria MCU sin desaparecer. La película parece diseñada para que pueda desplegar casi todo su repertorio: hay aventuras psicodélicas, acción superheróica, monstruos, zombis, posesiones y brujería, con momentos que remiten tanto a Oz, un mundo de fantasía como a Army of Darkness o incluso a las set pieces de Spider-Man 2 sobre edificios y estructuras urbanas.

Aunque el sello “de casa” de Marvel se impone en la estructura y ciertas decisiones de guion, se nota que Raimi firma un trabajo muy suyo, vibrante y juguetón, con sustos, humor negro y soluciones visuales ingeniosas para problemas argumentales complejos. Es, en cierto modo, un compendio de sus distintas facetas condensadas en un único blockbuster.

Arrástrame al infierno: terror de serie B con mala leche noventera

Entre Spider-Man 3 y su salto al multiverso marvelita, Raimi volvió brevemente a sus raíces con Arrástrame al infierno (Drag Me to Hell, 2009), una película de terror PG-13 que exprime al máximo los límites de la calificación con una creatividad brutal. La protagonista es Christine Brown, interpretada por Alison Lohman, una empleada de banca que niega una prórroga de hipoteca a una anciana gitana y, como venganza, recibe una maldición demoníaca.

El reparto lo completan nombres como Lorna Raver, Justin Long, Dileep Rao, David Paymer, Adriana Barraza, Chelcie Ross, Reggie Lee, Molly Cheek, Bojana Novakovic, Kevin Foster y Flor de María Chahua. Con un presupuesto de unos 30 millones de dólares, recaudó más de 90 millones en todo el mundo, confirmando que el público seguía queriendo ver al Raimi salvaje en pantalla grande.

La película es un festival de golpes, fluidos, sustos de feria y gags macabros que recuerda mucho al espíritu de los 80 y de Evil Dead, pero integrado en una historia con moraleja muy clara sobre la culpa y las consecuencias de decisiones aparentemente menores. Se ha comparado su trama con la novela Maleficio de Stephen King y con el clásico La noche del demonio (1957), aunque el toque personal de Raimi, con ese final cruel que dejó a todo el mundo descolocado, es lo que la eleva al panteón de sus grandes películas.

Thrillers y cine negro: Premonición y Un plan sencillo

A finales de los 90, Raimi sorprendió con un giro hacia terrenos más sobrios. Un plan sencillo (A Simple Plan, 1998) adapta el best-seller de Scott Smith (que también firma el guion) y cuenta la historia de dos hermanos y un amigo que encuentran una avioneta estrellada con una maleta llena de dinero. A partir de ahí, lo que parecía un golpe de suerte se convierte en una espiral de desconfianza, mentiras y violencia.

Protagonizada por Bill Paxton, Billy Bob Thornton, Bridget Fonda y Brent Briscoe, la película tuvo un presupuesto de unos 30 millones de dólares pero solo recaudó alrededor de 16,3 millones, de modo que no fue un éxito comercial. Sin embargo, la crítica la recibió muy bien: se la comparó con los thrillers criminales de los hermanos Coen por su humor negrísimo y su retrato de la avaricia en la América rural.

La cinta obtuvo dos nominaciones al Óscar: mejor guion adaptado y mejor actor de reparto para Billy Bob Thornton, que también fue candidato al Globo de Oro y se llevó un premio de la Chicago Film Critics Association, además de nominaciones en los Saturn y los Premios Chlotrudis. Con el tiempo, Un plan sencillo ha ido ganando prestigio como uno de los trabajos más serios y deshumanizadores de Raimi, un estudio sobre cómo el dinero puede degradar por completo a personas corrientes.

En la misma línea de tono contenido pero con un toque sobrenatural está Premonición (The Gift, 2000). Aquí, Cate Blanchett interpreta a Annie, una vidente sureña que, tras tener una visión relacionada con un asesinato, se ve implicada en una investigación que la pone en la mira de un asesino. El reparto es de lujo: Giovanni Ribisi, Keanu Reeves, Katie Holmes, Greg Kinnear, Hilary Swank, Michael Jeter, Kim Dickens, Gary Cole, J.K. Simmons, Rosemary Harris y música de Danny Elfman.

Con un presupuesto de apenas 5 millones de dólares, logró más de 60 millones en taquilla, consolidando a Raimi como un director capaz de brillar fuera del terror. El film bebe del Southern Gothic, con una atmósfera húmeda y opresiva en la que se mezclan abuso, superstición y secretos de familia. A diferencia de sus obras más desatadas, aquí el director se apoya en un clasicismo elegante que engancha tanto por el misterio como por el drama humano, sin perder del todo sus inquietudes temáticas sobre el peso de la culpa y las fuerzas que acechan a lo cotidiano.

Rápida y mortal y Crimewave: los experimentos más locos

Rápida y mortal (The Quick and the Dead, 1995) es el peculiar acercamiento de Raimi al western. En plena resaca de Sin perdón de Clint Eastwood, el director decide tomar el camino opuesto: una especie de cómic hiperbólico del oeste centrado en un torneo de duelos en un pueblo dominado por un villano interpretado, otra vez, por Gene Hackman.

La protagonista es Sharon Stone, que rompe la típica imagen masculina del género encarnando a una pistolera misteriosa en busca de venganza. El reparto lo completan un joven Leonardo DiCaprio, Russell Crowe en uno de sus primeros papeles americanos y Kevin Conway. La película lleva la exageración visual de Sergio Leone al terreno del cartoon: zooms salvajes a los ojos, planos “montados” sobre la bala, colores saturados… Todo lo que hace reconocible a Raimi fuera del terror está aquí a plena potencia. Durante años fue subestimada, pero ha ido ganando defensores como una de las grandes incomprendidas de su carrera.

Más extrema aún es Crimewave (Ola de crímenes, ola de risas, 1985), coescrita con los hermanos Coen. La historia sigue a un condenado a muerte que rememora los incidentes que lo han llevado a la silla eléctrica, en una especie de parodia desquiciada del cine criminal. El tono se acerca a la comedia absurda de Zucker, Abrahams and Zucker (los de Aterriza como puedas), pero filtrado por la energía visual de las primeras pelis de Raimi.

Aunque la producción fue problemática, con productores metiendo mano y limitando al director y a los Coen, el resultado, pese a ser irregular, contiene muchas chispas de lo que luego veríamos perfeccionado en Arizona Baby, que sí consiguió clavar ese equilibrio entre cartoon y acción real. Crimewave casi destruye la carrera de Raimi en sus inicios, pero hoy funciona como curiosidad fascinante para quienes quieran ver hasta dónde puede estirarse su estilo.

Oz, un mundo de fantasía: el Raimi más familiar

En Oz, un mundo de fantasía (Oz: The Great and Powerful, 2013), Raimi se enfrenta a una propiedad intocable de Disney y al universo creado por L. Frank Baum. Muchos esperaban algo más cercano a la siniestra Oz, un mundo fantástico de los 80, pero el estudio buscaba una precuela luminosa y colorida del clásico de 1939.

Con James Franco como el futuro Mago de Oz, acompañado por Mila Kunis, Rachel Weisz, Michelle Williams y el habitual Bruce Campbell en un cameo, la película se mueve en un terreno infantil y fantástico donde el peligro es más sugerido que explícito. Pese a estar lejos de sus tiempos gore, Raimi se muestra cómodo jugando con un diseño de producción recargado y colores imposibles, aportando un sentido del humor juguetón y algunos destellos de inquietud que la diferencian de otras propuestas de fantasía de la época.

Aunque algunos fans echaron de menos un tono más oscuro, la cinta funciona como demostración de que el director sabe adaptarse a una gran franquicia familiar sin perder del todo su mirada, especialmente en secuencias donde deja asomar el lado más siniestro de ese mundo de caramelos y brujas.

Entre el amor y el juego: drama deportivo fuera de lugar

Entre el amor y el juego (For Love of the Game, 1999) es probablemente una de las películas menos “Raimi” de toda su filmografía. Protagonizada por Kevin Costner, Kelly Preston, John C. Reilly, Jena Malone, Brian Cox y con la presencia de J.K. Simmons, adapta una novela de Michael Shaara y combina drama romántico y béisbol.

La trama sigue a un veterano lanzador en plena crisis de mediana edad que, mientras disputa lo que podría ser su último gran partido, repasa en flashbacks su relación amorosa y su carrera. La película costó en torno a 50 millones de dólares y recaudó unos 46 millones, quedándose corta para los estándares del estudio. Aunque Raimi despliega cierta creatividad visual en las jugadas y en la forma de rodar el estadio, su sello apenas se percibe fuera de esos momentos, y el conjunto se percibe como un melodrama deportivo correcto pero poco memorable, que no termina de encajar con el resto de su obra.

El legado de Sam Raimi

A día de hoy, el nombre de Sam Raimi sigue asociado sobre todo a dos grandes bloques: por un lado, las películas de Spider-Man con Tobey Maguire, que definieron el modelo de adaptación superheroica para toda una generación; por otro, sus aportaciones al cine de terror, con Evil Dead como estandarte y referencia constante para nuevos directores que siguen explorando el género.

Pero Raimi es bastante más que eso. Su carrera incluye thrillers sobrios como Un plan sencillo, fantasía infantil como Oz, comedias rarísimas como Crimewave, aproximaciones muy personales al western en Rápida y mortal y experimentos superheróicos oscuros como Darkman. Incluso cuando se aleja de los demonios kandarianos, suele colar algo de su humor negro, su amor por las cámaras rápidas y su afición por poner a sus protagonistas contra las cuerdas de la forma más exagerada posible.

En un panorama actual dominado precisamente por el tipo de blockbuster que él ayudó a popularizar, su figura resulta todavía más interesante: un artesano con firma propia que ha sido capaz de moverse entre el cine independiente de ultra bajo presupuesto y las superproducciones de cientos de millones sin dejar de ser, en esencia, el mismo chaval de Míchigan que se divertía rodando horrores imposibles con sus amigos en una cabaña perdida.

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