
A las puertas de los 90 años, Amancio Ortega sigue desmintiendo el tópico de la jubilación plácida. El fundador de Inditex afronta esta cifra redonda con una combinación poco habitual de plena actividad empresarial, discreción extrema y una rutina casi inamovible entre A Coruña, Arteixo y sus refugios gallegos.
Mientras la mayoría de la gente de su edad se limita a pasear o a estar con la familia, él continúa despachando a diario, siguiendo de cerca la evolución de Zara, de Inditex y de Pontegadea, y supervisando una red de inversiones que se extiende por Europa y medio mundo. A su alrededor, quienes le tratan a diario hablan de un hombre exigente, reservado y, al mismo tiempo, afectuoso, leal y muy pendiente de los suyos.
Un 90 cumpleaños sin focos y con récords empresariales
Mañana, 28 de marzo, Amancio Ortega cumple 90 años instalado en una posición singular: es la mayor fortuna de España y una de las más altas de Europa, con un patrimonio valorado en torno a los 140.000 millones de euros, según las últimas estimaciones de las grandes listas internacionales. Sin embargo, su manera de vivir este momento es cualquier cosa menos ostentosa.
Quienes le rodean aseguran que no hay grandes fiestas ni homenajes públicos previstos. El plan pasa por celebrarlo en la intimidad, entre su casa del paseo de O Parrote, en A Coruña, y el pazo de Drozo, en Anceis, ese enclave del siglo XVIII rodeado de huerta, gallinero, árboles centenarios y una rutina sencilla que le permite desconectar. Allí, entre verduras, huevos de casa y paseos en familia, el magnate se siente más cómodo que en cualquier alfombra roja internacional.
El contexto empresarial, eso sí, es difícilmente mejorable. Inditex ha marcado en el último ejercicio los mejores resultados de su historia, con un beneficio neto superior a los 6.000 millones de euros y un nuevo récord de caja que se traducirá en un dividendo de unos 3.500 millones para su principal accionista. En paralelo, la fortuna de Ortega ha crecido en la última década alrededor de un 75%, hasta superar los 120.000 millones de euros en algunos cálculos, gracias al tirón bursátil de Inditex y al músculo de Pontegadea.
Lejos de limitarse a cobrar dividendos, el empresario ha utilizado ese flujo de caja para acelerar una diversificación que va mucho más allá de los rascacielos de oficinas: plantas solares y eólicas, redes de alta tensión, logística portuaria, parques logísticos y proyectos de hidrógeno forman ya parte del ecosistema Ortega, con Europa como eje y una fuerte presencia en mercados como Estados Unidos, Reino Unido, Luxemburgo o Australia.
En la última década, solo de Inditex ha percibido alrededor de 19.300 millones de euros en dividendos, frente a los 6.200 millones de la década anterior. Con ese caudal ha levantado una de las carteras inmobiliarias privadas más importantes de Europa y del mundo, con activos valorados en unos 25.000 millones y unos ingresos anuales por alquileres cercanos a los 657 millones de euros.
Rutina de trabajo, salud de hierro y una vida discreta en Galicia
A pesar de la edad, su día a día se parece mucho más al de un ejecutivo en activo que al de un jubilado. En A Coruña es fácil verlo paseando por el puerto, por la plaza de María Pita o bajando al perro, parando a desayunar en el Real Club Náutico o saludando a conocidos. Quienes se sientan a su mesa cuentan que sigue tirando de humor, anécdotas y una curiosidad intacta.
Su entorno insiste en que su salud es notablemente buena. Ha conseguido incluso prescindir del bastón que utilizaba hace unos años. No bebe alcohol, cuida lo que come y ha instalado una piscina climatizada en su vivienda para poder nadar a diario. El ejercicio es siempre lo primero en su agenda: caminatas, algo de entrenamiento guiado por un preparador personal y una disciplina casi militar con los horarios.
Después llega el trabajo. No es raro verlo entrar por la mañana en la sede central de Inditex en Arteixo, ese complejo que muchos empleados describen como un pequeño universo autosuficiente. Allí mantiene un despacho sin paredes, en un espacio diáfano rodeado de diseñadores, compradores y perfiles técnicos, donde come a menudo en el mismo comedor que el resto de la plantilla. Esa cercanía con el día a día, sostienen quienes le conocen, es la clave de que siga “en la onda” de lo que ocurre en la empresa.
En paralelo, continúa como consejero dominical de Inditex, cargo que renovó en 2023 por cuatro años y que expira en 2027. Los informes remitidos a la CNMV muestran un porcentaje de asistencia al consejo cercano al 97% en los últimos mandatos, con presencia en prácticamente todas las reuniones. La Comisión de Nombramientos del grupo ha subrayado su “compromiso, diligencia y profesionalidad” y define sus intervenciones como “el mejor asesoramiento posible, de valor incalculable” para el órgano de gobierno.
Esa combinación de presencia constante y bajo perfil mediático explica en buena parte su aura casi mitológica. Nunca ha concedido una entrevista en profundidad, no pronuncia discursos en actos públicos ni aparece en conferencias internacionales. Su exposición se limita a momentos puntuales, como el Trofeo Hípico Casas Novas o alguna imagen espontánea en el Náutico coruñés. Las biografías autorizadas y los testimonios de quienes trabajaron con él han tenido que suplir ese silencio.
Familia, sucesión y un imperio con ADN gallego
Si hay algo que Ortega considera un éxito incuestionable en esta última década es el proceso de relevo en Inditex. Desde 2011, cuando cedió la presidencia ejecutiva a Pablo Isla, y especialmente desde 2022, con la llegada de Marta Ortega a la presidencia no ejecutiva y de Óscar García Maceiras a la primera línea ejecutiva, el grupo ha consolidado un modelo que combina profesionales de primer nivel con fuerte presencia familiar.
La actual cúpula mantiene un claro acento gallego: además de Marta, se sientan en el consejo su mujer, Flora Pérez Marcote, y su hombre de confianza en el holding patrimonial, Roberto Cibeira. Flora, con fama de discreta hasta el extremo, es a la vez pieza clave en la cohesión familiar y presidenta de la Fundación Amancio Ortega. El círculo se completa con ejecutivos como García Maceiras, cuyo sueldo ronda los 11,5 millones anuales, y un grupo de consejeros independientes de perfil internacional.
En las áreas operativas, la huella familiar se extiende también a los hermanos de Flora, Jorge y Óscar Pérez Marcote, al frente de Massimo Dutti y Zara, respectivamente. Su otra hija, Sandra Ortega, heredera de la participación de su madre, Rosalía Mera, conserva alrededor de un 5% de Inditex, aunque siempre se ha mantenido al margen del foco corporativo.
Según su entorno, ver a Marta convertida en una presidenta respetada por el mercado internacional le ha dado “la paz del guerrero”. Él mantiene cerca del 60% del capital, una posición que le asegura dividendos anuales de varios miles de millones de euros, pero ha delegado buena parte del mando operativo. Su papel, dicen, ya no es “controlar”, sino asegurarse de que “la maquinaria funciona” y de que el ADN gallego y familiar del grupo permanezca intacto.
La vida privada del empresario gira también en torno a ese núcleo familiar. Todos residen en el emblemático edificio de O Parrote, un inmueble de cuatro plantas con galerías blancas y vistas al mar donde Marta y su familia ocupan el ático y Amancio y Flora las plantas inferiores. Los fines de semana que no pasa en Anceis, es habitual verle en el puerto, en el centro hípico Casas Novas viendo competir a sus hijos y nietos, o compartiendo mesa con un grupo de amigos de toda la vida, entre ellos el exalcalde Paco Vázquez o el empresario de la madera José María Caamaño.
De las batas de “boatiné” al mayor grupo textil del mundo
Para entender la figura que cumple 90 años, conviene volver al origen. Nacido en 1936 en Busdongo de Arbas (León), hijo de un ferroviario, su infancia transcurrió en una España de posguerra marcada por las penurias económicas. Uno de los episodios que más se repite en las biografías es aquel día en que acompañó a su madre a una tienda de ultramarinos y el dueño se negó a fiarles más por falta de dinero. Aquella humillación, relatada por la periodista Covadonga O’Shea, le marcó hasta el punto de que decidió dejar la escuela y ponerse a trabajar.
Con apenas 14 años empezó como recadero en la camisería Gala en A Coruña. Más tarde pasó a establecimientos como La Maja, donde aprendió a observar al cliente, a controlar el stock y a entender el valor de responder rápido a lo que se pedía en tienda. Allí conocería a Rosalía Mera, con quien inició una aventura empresarial que arrancó casi de forma artesanal, cosiendo batas y piezas de ropa de mujer en casa.
En 1963 ambos pusieron en marcha Goa Confecciones, un pequeño taller que producía batas de “boatiné” y otras prendas a precios contenidos. Desde el principio, Ortega tuvo claro el eje de su propuesta: democratizar la moda, ofrecer ropa atractiva y bien confeccionada a un público amplio, independientemente de su nivel de renta, y controlar al máximo la cadena de valor para reducir intermediarios y tiempos.
Ese aprendizaje cristalizó en 1975, cuando abrió la primera tienda Zara en el centro de A Coruña. Lo que empezó como un comercio local evolucionó en pocos años hacia un modelo radicalmente distinto a lo que imperaba en el sector: ciclos de producción cortos, renovación constante de colecciones, lectura casi en tiempo real de lo que se vendía y coordinación milimétrica entre diseño, fabricación, logística y tienda.
En 1985, para dar coherencia al crecimiento de la marca y a la incorporación de nuevas enseñas, creó Inditex, el holding que agruparía Zara, Pull&Bear, Bershka, Massimo Dutti, Oysho, Stradivarius y otras cadenas. A partir de ahí, la expansión internacional fue fulgurante: Oporto, Nueva York, París y las principales capitales europeas vieron llegar tiendas ubicadas en calles prime en las que se priorizaba la localización y la experiencia de compra por encima de la publicidad tradicional.
Inditex hoy: resultados históricos y liderazgo global
Casi medio siglo después de aquella primera tienda, Inditex es el mayor grupo textil del mundo por ventas, con más de 5.600 establecimientos repartidos por cerca de un centenar de mercados y una potente red de comercio electrónico global. Emplea a más de 160.000 personas de más de 170 nacionalidades y mantiene un peso decisivo en el Ibex 35 y en el conjunto de la economía española.
Los últimos resultados han dejado nuevas plusmarcas: beneficio neto por encima de los 6.000 millones de euros, caja sólida y una política de dividendos que se ha multiplicado por 2,5 en la última década. En paralelo, la compañía ha reforzado su apuesta por la digitalización, la sostenibilidad y la mejora de la imagen de marca, elementos centrales en la etapa de Marta Ortega.
La fórmula que tanto se ha analizado desde las escuelas de negocio sigue vigente: producción ajustada, proximidad a los mercados clave europeos, logística ultraeficiente y un olfato especial para detectar tendencias. En Arteixo, cuentan que Amancio, incluso a los 90, sigue paseando por las salas de muestras, pregunta por tejidos, por colores y por cortes, y mantiene intacta su obsesión por el detalle: desde la altura de los expositores hasta la iluminación de las tiendas piloto.
Todo esto ha consolidado una posición destacada en los rankings internacionales de riqueza. A lo largo de los últimos años, su nombre ha oscilado entre el primer y el vigésimo puesto de las listas globales, para volver más recientemente al top 10 de las grandes fortunas del planeta. Lo llamativo es que, en un escenario dominado por gigantes de la tecnología y las plataformas digitales, la fortuna de Ortega sigue ligada, en esencia, a la moda, el ladrillo y la gestión paciente del tiempo.
La salida a bolsa de Inditex en 2001, de la que ahora se cumplen 25 años, fue el gran punto de inflexión financiero. Aquel salto, a los 65 años, lo convirtió en multimillonario de la noche a la mañana y abrió la puerta a la construcción de Pontegadea, el vehículo que canaliza su diversificación y que hoy tiene vida propia.
Pontegadea: del “casero de Europa” a actor en renovables y logística
Si Inditex es la base, Pontegadea es el segundo pilar del universo Ortega. Con sede en A Coruña y equipos repartidos por varios países, el holding patrimonial se ha situado en cuestión de años como uno de los mayores propietarios privados de inmuebles en Europa y un inversor relevante en sectores como la energía y las infraestructuras.
La estrategia es tan sencilla en el papel como compleja en la práctica: reinvertir los dividendos de Inditex en activos de alta calidad, bien ubicados y con inquilinos solventes. Eso se ha traducido en la compra de edificios de oficinas, hoteles, centros comerciales y, más recientemente, centros logísticos en ciudades como Londres, Nueva York, Miami, Vancouver, Dublín, Barcelona, París, Ámsterdam o Seúl. Muchos de ellos están alquilados a gigantes como Amazon, Meta, grandes bancos o cadenas hoteleras internacionales como Iberostar, NH o Accor.
En los últimos doce meses, el grupo ha cerrado alrededor de 20 operaciones en 11 países por un importe cercano a los 3.000 millones de euros, incluyendo hoteles en grandes capitales europeas, un complejo residencial de más de 2.000 viviendas en Florida o la entrada en el negocio de la logística portuaria en Reino Unido y Australia. En enero, por ejemplo, participó, junto al fondo Macquarie, en la compra de la australiana Qube Holdings, una de las mayores operaciones logísticas de los últimos años.
Tampoco se ha quedado atrás su apuesta por las energías renovables. Pontegadea ha ido adquiriendo participaciones en parques eólicos y plantas solares, muchas veces en alianza con grupos como Repsol, así como posiciones en infraestructuras eléctricas y proyectos de hidrógeno. El objetivo declarado es convertirse en un actor relevante en la transición energética, especialmente en España y en otros países europeos.
Al frente de ese entramado patrimonial está Roberto Cibeira, un ejecutivo gallego formado en el mercado inmobiliario estadounidense que entró en el grupo con poco más de 30 años, cuando Ortega rondaba ya los 70. Cibeira ha tomado el relevo de José Arnau, histórico guardián de los intereses del empresario, y dirige un equipo de unas 45 personas que, desde las oficinas de Pontegadea —a pocos minutos a pie de la casa del magnate—, aplican una receta sencilla: no llamar la atención, evitar riesgos excesivos y mantener un nivel de deuda muy contenido.
Luxemburgo se ha convertido desde 2024 en el centro neurálgico de sus negocios europeos, concentrando activos internacionales por valor de más de 6.400 millones de euros, salvo los de España, Portugal y Reino Unido. Pese al tamaño del grupo, la deuda hipotecaria apenas ronda los 260 millones, una cifra muy baja para un conglomerado de ese calibre, muestra de la aversión de Ortega a la banca y al apalancamiento.
Filantropía silenciosa: la huella de la Fundación Amancio Ortega
Más allá de la empresa y el ladrillo, el otro gran frente de actividad de Ortega a sus 90 años es la Fundación Amancio Ortega. Aunque su nombre ha generado controversia en algunos momentos, lo cierto es que la magnitud de sus donaciones la sitúa entre las entidades filantrópicas más relevantes de España y de Europa.
Solo en el último ejercicio, su grupo de empresas destinó 699 millones de euros a la Fundación, una cifra muy superior a los 80 y 53 millones de los dos años precedentes. La mayor parte de estos fondos procede de la división inmobiliaria de Pontegadea y, según los informes internos, se dona con “carácter puro, simple e irrevocable”. El grueso se ha destinado a la compra y donación de equipos de protonterapia contra el cáncer para hospitales públicos de España y Portugal, así como a la construcción de centros públicos de atención a personas mayores en Galicia.
Su intervención no se limita a la sanidad. En los últimos años ha contribuido también a la reconstrucción de zonas afectadas por catástrofes naturales, como las localidades valencianas devastadas por la DANA o los municipios de Mira (Cuenca) y Letur (Albacete), donde financió ayudas tempranas y un fondo de 100 millones de euros para la recuperación. Todo ello sin apenas presencia personal en los actos de inauguración ni campañas de comunicación agresivas.
A esto se suman iniciativas menos conocidas pero significativas, como proyectos de agricultura regenerativa y recuperación de ecosistemas. Un ejemplo es el proyecto “Sobrado Forestal”, en Sobrado dos Monxes (A Coruña), donde en 2016 adquirió unas 100 hectáreas para replantar castaños autóctonos gallegos y promover la restauración del entorno rural. Según su entorno, ve este tipo de inversiones como una forma de devolver al territorio parte de lo que le ha dado.
Con todo ello, la Fundación acumula ya más de 1.000 millones de euros en proyectos sociales y sanitarios, en buena medida ligados a la sanidad pública. Para los próximos años, se espera la entrada en funcionamiento de nuevos equipamientos de alta tecnología contra el cáncer en distintos hospitales españoles y la apertura de más centros residenciales para mayores, gestionados por las administraciones pero financiados con capital privado de Ortega.
En el día a día, la cara visible de esta labor es cada vez más Flora Pérez, que ha ido ganando protagonismo en algunos actos vinculados a la Fundación. Ella comparte con su marido un perfil bajo casi militante, pero quienes los conocen afirman que su criterio es de los pocos que Ortega escucha siempre antes de una gran compra inmobiliaria o de una decisión estratégica relevante.
Retrato humano: carácter, anécdotas y una forma de entender el trabajo
Por detrás de las cifras, emerge la figura de un hombre que muchos describen como exigente, reservado y, a la vez, muy humano. Antiguos directivos y colaboradores hablan de su capacidad para escuchar con atención, su rapidez para analizar situaciones complejas y una especie de intuición empresarial difícil de explicar.
Uno de sus colaboradores de largo recorrido cuenta cómo, cuando le propuso liderar un nuevo proyecto, este se negó un par de veces alegando que no se veía preparado. La respuesta del empresario fue tajante: “Si no es contigo, no lo hago; para mí lo importante es la persona, no el proyecto”. Ese tipo de gestos, sostienen, son los que hacen que muchos de sus antiguos empleados hablen de él casi como de un padre.
No es amigo del conflicto abierto, lo evita siempre que puede y, según admiten algunos, eso le ha llevado en ocasiones a fiarse de consejos de personas que quizá no eran las adecuadas. Pero quienes le conocen desde hace décadas coinciden en que el dinero no ha cambiado su forma de ser. Sigue siendo, dicen, “el de siempre, el que empezó trabajando con 12 años para ayudar en casa”.
En lo cotidiano, destacan su sentido del humor, su gusto por las historias bien contadas y su debilidad por la familia. La imagen que dio la vuelta a España durante su 80 cumpleaños, cuando se emocionó durante un flash mob sorpresa en la sede de Arteixo y terminó sonriendo de verdad al coger en brazos a uno de sus nietos, resumen bastante bien esa faceta. Sus allegados aseguran que es “un hombre profundamente enamorado de su familia” y que, para él, la prioridad son sus hijos y nietos, y luego la empresa.
En A Coruña, muchos lo ven como un vecino más: desayuna en el Náutico, toma el aperitivo en la plaza de María Pita, acude a ver entrenar a sus nietos al fútbol los viernes por la tarde o come en restaurantes de la zona, donde no renuncia a platos tan sencillos como unos huevos con patatas y chorizo. Sus amigos más cercanos pertenecen a esa “vieja guardia” de proveedores y empresarios gallegos que crecieron de la mano de Inditex.
En el plano profesional, su legado va más allá de las tiendas: ha impuesto una cultura de trabajo basada en el equipo, la mejora continua y el cuidado de las personas. En la cafetería de Inditex se insiste en la comida sana y de proximidad; en las oficinas, en la colaboración horizontal; y en las fábricas, en la agilidad y la capacidad de reacción. Todos esos elementos forman parte de una forma de entender la empresa que él mismo ha ido destilando durante décadas.
Noventa años después de aquel nacimiento en una familia humilde y represaliada por el franquismo, Ortega sigue siendo un personaje atípico en la cima del capitalismo global: un hombre sin discursos públicos, sin redes sociales, sin grandes puestas en escena y con una aversión manifiesta a la ostentación. Para muchos, es el último representante de una generación de empresarios que hicieron su carrera desde el taller y la tienda, no desde los focos.
Que llegue a esta edad acudiendo aún a la oficina, participando en los consejos, siguiendo de cerca las colecciones de Zara, invirtiendo en renovables y financiando equipos oncológicos para la sanidad pública dibuja un perfil poco común: el de alguien que, habiendo alcanzado casi todas las metas imaginables, prefiere seguir “enredando” y trabajando antes que retirarse a contemplar su propia leyenda. A quienes le conocen no les sorprende: llevan años repitiendo que a Amancio Ortega el dinero nunca le importó tanto como el trabajo y el tiempo bien aprovechado.