El reloj de lujo creado por el ex diseñador estrella de Apple

  • Jony Ive transformó el Apple Watch en un reloj de lujo uniendo diseño industrial, moda y tecnología.
  • El proyecto se desarrolló sin Steve Jobs, con fuerte apoyo de figuras como Marc Newson y Angela Ahrendts.
  • Apple se inspiró en relojes deportivos de Nike y en la relojería tradicional para entrar en la gama alta.
  • El Apple Watch cambió el concepto de reloj al convertirse en un potente ordenador de muñeca con vocación premium.

reloj de lujo diseñado por ex diseñador de apple

El universo de los relojes de lujo diseñados por antiguos creativos de Apple no se entiende sin la figura de Jony Ive, el hombre que redefinió cómo se ven y se sienten los gadgets que usamos a diario. Más allá de los titulares, su trabajo con el Apple Watch marcó un antes y un después en la forma de mezclar tecnología, moda y artesanía, y abrió el camino a toda una nueva categoría de relojería inteligente de alta gama.

En este contexto, la historia del Apple Watch como reloj de lujo concebido por el ex diseñador estrella de Apple está llena de detalles curiosos: desde su obsesión por el blanco hasta las reuniones con la élite de la moda en París, pasando por la influencia de marcas deportivas como Nike y el reto de competir con siglos de tradición relojera suiza. Este recorrido ayuda a entender por qué hoy se habla de relojes de lujo surgidos del universo Apple como algo más que simples dispositivos electrónicos.

Jony Ive: del estudio de Cupertino al foco del mundo de la moda

reloj inteligente de lujo relacionado con Apple

Durante años, Jony Ive fue conocido como el diseñador industrial más influyente del planeta, pero a la vez uno de los más discretos. Pasaba la mayoría de su tiempo encerrado en su estudio de diseño en la sede de Apple en Cupertino, lejos de los flashes y de la exposición pública, centrado en pulir hasta el último detalle de cada producto.

La salida del Apple Watch le obligó a moverse en círculos poco habituales para él: de repente, este personaje reservado empezó a dejarse ver en eventos de moda, codeándose con figuras como Anna Wintour, editora de la revista Vogue, o el icónico diseñador Karl Lagerfeld, en presentaciones y desfiles en París donde la tecnología y la alta costura se daban la mano.

Incluso en Estados Unidos, durante un acto organizado por Vanity Fair en California, el propio editor de la publicación bromeó con Ive por aparecer vestido con traje en lugar de su clásica camiseta informal. Ese cambio de registro no era casual: Apple necesitaba que su reloj fuera aceptado no solo como gadget, sino como pieza de moda y accesorio de lujo.

El trasfondo de todo esto es que Apple, al lanzarse al mundo de los relojes inteligentes, entraba en territorio dominado por la industria fashion y por la tradición relojera, no solo por los frikis de la tecnología. La compañía sabía que, si quería que su reloj se percibiera como un objeto de deseo, debía convencer tanto a gurús tecnológicos como a periodistas y prescriptores de las revistas de estilo de vida.

Por eso, en la presentación del Apple Watch en Cupertino, entre el público no solo había desarrolladores y fans de Apple, sino también periodistas especializados en moda y tendencias de publicaciones de referencia, algo muy poco habitual hasta entonces en este tipo de eventos de la marca.

Una nueva categoría de producto sin Steve Jobs

detalle de reloj de lujo y diseño minimalista

El Apple Watch fue la primera gran apuesta de Apple en una categoría nueva después del fallecimiento de Steve Jobs. Además, fue el primer proyecto de este calibre que Jony Ive y su equipo de diseño afrontaban sin la presencia física de su gran aliado y mentor, con el que había mantenido una relación creativa casi simbiótica.

Expertos como Jeremy Myerson, del Royal College of Art de Londres, subrayaban que la moda y la tecnología comparten una misma esencia: ambas giran en torno a la identidad y a cómo queremos presentarnos ante los demás. No le sorprendía, por tanto, que los caminos del diseño industrial y de la moda de alta gama se cruzasen con tanta naturalidad en el terreno de los relojes inteligentes.

Myerson, una de las voces más respetadas del diseño en Reino Unido, seguía a Ive desde que un tutor del Politécnico de Newcastle lo calificó como “un estudiante que solo te encuentras una vez en la vida”. Esa etiqueta anticipaba la magnitud del impacto que acabaría teniendo en Apple y en toda la industria tecnológica.

Cuando Jobs descubrió el talento de Ive a finales de los 90, se forjó una alianza que cambió para siempre el rumbo de Apple. Clive Grinyer, que conocía bien al diseñador británico, describía su relación como si Ive fuera una extensión más del propio Steve, tan conectados estaban a nivel de visión y de criterio en materia de producto.

Fue precisamente Grinyer quien fichó a Ive para su consultora de diseño, Tangerine, después de ver sus trabajos como estudiante. Más tarde, un proyecto conjunto con Apple hizo que Ive viajara a California por primera vez. Ese viaje fue el inicio de su larga etapa en Cupertino, de la que saldrían iconos como el iPod, el iPhone y el iPad.

Obsesión por el detalle, simplicidad y una estética muy marcada

reloj de lujo minimalista con influencia de Apple

Según Clive Grinyer, Jony Ive aportó a Apple una obsesión casi enfermiza por el detalle, por la simplicidad extrema y por cuidar tanto el interior como el exterior del producto. Para él, el diseño no se limitaba a la carcasa: tenía que estar presente en la placa, en los tornillos, en las texturas y en cada transición de la interfaz.

Uno de los rasgos más llamativos en sus inicios es que prácticamente todo lo que diseñaba era blanco. Ese gusto por las superficies limpias, las líneas puras y los materiales sin estridencias acabaría impregnando la estética de Apple durante más de una década, desde los primeros iMac hasta los iPhone de líneas suaves y acabados casi quirúrgicos.

Aunque la etapa conjunta de Ive y Jobs terminó con la muerte de este último, colaboradores cercanos como Grinyer insistían en que el espíritu de Steve seguía acompañando a Jony en cada decisión clave. Sin embargo, en el desarrollo del Apple Watch faltaba algo muy concreto: esa voz que le decía con claridad cuándo un producto estaba realmente listo para ver la luz.

Jobs era famoso por su capacidad para detectar el momento exacto en que un proyecto había alcanzado el nivel necesario de excelencia. En el Apple Watch, Ive tuvo que asumir esa responsabilidad en primera persona, marcando él mismo el punto final de un trabajo que se extendió durante unos tres años de desarrollo intenso.

En todo ese proceso, el equipo de diseño no solo se enfrentó a retos técnicos, sino también a la presión de crear un reloj que pudiera competir de tú a tú con marcas con más de 200 años de historia relojera, algo muy distinto a lo que Apple había vivido al entrar en el mercado de los ordenadores portátiles o los teléfonos.

Alianzas con diseñadores, ejecutivos de moda y el impacto del Apple Watch

Consciente de que necesitaba una mirada fresca y más cercana al mundo del lujo, Jony Ive convenció a su amigo, el diseñador australiano Marc Newson, para que se incorporara a Apple. Newson tenía una trayectoria consolidada en diseño de producto y piezas de colección, lo que aportaba un punto más “de galería” a la visión industrial de Ive.

Al mismo tiempo, la antigua CEO de Burberry, Angela Ahrendts, se incorporó a Apple para liderar la estrategia de retail y ventas. Su experiencia en el universo del lujo, las tiendas de marca y la gestión de la imagen de firma premium resultaba clave para posicionar el Apple Watch como un objeto aspiracional y no como un simple accesorio electrónico.

La apuesta de Apple por ganarse al sector de la moda se hizo evidente desde el principio. En la presentación del reloj, junto a los desarrolladores habituales, se sentaban editoras de belleza, periodistas de moda y estilistas de primer nivel. Una de ellas era Rosie Mullender, de la revista Cosmopolitan, que salió del evento muy impresionada por la variedad de diseños pensados para el público femenino.

Mullender señalaba que muchas tecnologías llevan años resultando poco amigables para las mujeres, tanto en estética como en uso. En su opinión, el Apple Watch rompía con esa dinámica gracias a la amplia gama de correas, materiales y acabados que podían encajar mejor con todo tipo de estilos y muñecas, algo que otros relojes inteligentes no habían logrado.

Pese a la buena acogida, seguían sobre la mesa desafíos importantes: el equilibrio entre moda y obsolescencia tecnológica, el precio de las versiones más lujosas del reloj y la necesidad de justificar que un dispositivo así aportara algo verdaderamente útil, más allá de la estética y el postureo.

Un “ordenador en la muñeca”: cómo ve Ive el reloj inteligente

En una entrevista concedida a Financial Times, Jony Ive fue muy directo: él no consideraba que el Apple Watch fuera solo un reloj. Para él, se trataba de un ordenador muy potente sujeto a la muñeca, repleto de sensores sofisticados capaces de recopilar todo tipo de datos sobre la actividad, la salud y el entorno físico del usuario.

El diseñador explicaba que uno de los grandes logros del equipo fue trabajar con expertos en cristal de zafiro para conseguir formas que nunca antes se habían fabricado en este material dentro de la industria tecnológica. El zafiro, habitual en relojes de lujo tradicionales por su resistencia a los arañazos, se convertía así en puente entre relojería clásica y dispositivos inteligentes.

El Apple Watch no fue el primer smartwatch del mercado, pero con el tiempo se impuso como la opción más sólida y madura para muchos usuarios. Una buena parte de ese éxito se atribuye al diseño: Apple evitó replicar un reloj analógico al uso y apostó por una pantalla cuadrada con esquinas redondeadas, en lugar de la típica esfera circular de la relojería clásica.

Pese a esa pantalla rectangular, el equipo se esforzó por mantener ciertos guiños a los relojes de toda la vida, como la posibilidad de cambiar correas de forma sencilla o la disponibilidad de múltiples materiales (aluminio, acero, oro en las primeras ediciones de lujo) que permitían adaptarse tanto a un uso deportivo como a uno más formal.

La clave, según Ive, era que el Apple Watch se sintiera como una pieza de alta precisión en la muñeca que, al mismo tiempo, hiciera de puente con el ecosistema digital del usuario: notificaciones, control de música, pagos, seguimiento de salud y, por supuesto, la hora, pero sin limitarse a esa función básica.

Apple, la responsabilidad social y las consecuencias de la tecnología

Jony Ive también ha reflexionado abiertamente sobre el impacto que los productos de Apple tienen en la sociedad. Para él, muchas de las cosas que termina haciendo un dispositivo cuando se lanza al mercado no son las que el equipo tenía en mente en un primer momento, sobre todo cuando se trata de herramientas completamente nuevas.

En esa misma entrevista, señalaba que al crear algo inédito es inevitable que haya consecuencias no previstas, algunas muy positivas y otras no tanto. Por eso, consideraba que el diseñador tiene la responsabilidad moral de tratar de anticipar al máximo esas derivadas, y de comprenderlas y mitigarlas cuando sean problemáticas.

Un ejemplo sencillo que se suele poner sobre la mesa es la posible adicción al smartphone y al uso compulsivo de las pantallas, fenómeno en el que los iPhone han tenido un papel protagonista. Ese tipo de efectos secundarios obliga a empresas como Apple a replantear poco a poco el diseño de sus interfaces, desde los tiempos de uso hasta las notificaciones.

En el caso del Apple Watch, la discusión sobre su éxito o fracaso no se limita a su belleza o a si encaja bien con un traje. Ive insistía en que el reloj sería juzgado por lo que es capaz de hacer, por su interfaz y por la forma en que mejora el día a día de la gente sin convertirse en una distracción constante pegada a la muñeca.

Esa reflexión entronca con una idea que Steve Jobs repetía a menudo: la tecnología por sí sola no basta. Solo cuando se une con el arte y las humanidades es capaz de emocionarnos y de generar una conexión auténtica. El Apple Watch, como reloj de lujo tecnológico, pretendía situarse justo en medio de ese cruce de caminos.

La dura competencia de la relojería tradicional y el reto del lujo

Para muchos analistas, uno de los mayores retos del Apple Watch fue entrar a competir en un mundo dominado por la relojería suiza, con marcas que llevan siglos perfeccionando mecanismos y prestigio. Jeremy Myerson apuntaba que, cuando Apple empezó a fabricar portátiles, el panorama era muy distinto: simplemente no existía una industria histórica de “laptops suizos” de 200 años.

En relojería, en cambio, firmas como Rolex, Patek Philippe o Tag Heuer han construido un aura que va mucho más allá de la función de dar la hora. Un cronógrafo mecánico de alta gama puede llegar a revalorizarse con el tiempo, convertirse en pieza de coleccionista y pasar de generación en generación, casi como una joya o una obra de arte.

Ahí surgía el gran dilema: mientras un Rolex puede ser un clásico atemporal, la tecnología es, por naturaleza, rápidamente obsoleta y reemplazable. Como señalaba Rosie Mullender, es complicado imaginar a un padre regalando a su hijo un Apple Watch de primera generación décadas después, esperando que lo valore como un tesoro familiar.

Este contraste pone en cuestión hasta qué punto un reloj inteligente puede entrar de lleno en el segmento del lujo tradicional. Aunque los modelos más caros del Apple Watch se vendían a precios propios de joyería, su vida útil tecnológica no era comparable a la de un cronógrafo mecánico de alta relojería.

Aun así, expertos como Clive Grinyer se mostraban optimistas y defendían que Apple tenía margen para convertirse en una auténtica marca de moda. Llegó incluso a especular con la posibilidad de ver algún día chaquetas o prendas de vestir diseñadas por la compañía, algo que encajaría con la estrategia de ampliar su presencia en el universo lifestyle.

Del vídeo oficial al “look and feel”: la estética del reloj según Ive

Con el lanzamiento del Apple Watch, Apple publicó un vídeo oficial de unos diez minutos en el que Jony Ive explicaba con su característica voz pausada los principios estéticos y funcionales del reloj. En esa pieza, que la propia marca presentó como una introducción completa al diseño del dispositivo, el británico detallaba cada decisión tomada en materiales, formas y experiencia de uso.

Aunque el vídeo no aportaba datos técnicos revolucionarios para quienes habían seguido de cerca la presentación, sí permitía escuchar de primera mano la filosofía detrás de la corona digital, la integración de las correas, la elección de la pantalla y el trabajo con el cristal de zafiro. Era, en cierto modo, una clase magistral de diseño aplicada a un producto concreto.

Tras la muerte de Jobs, el rol de Ive se amplió más allá del hardware. El diseñador asumió la responsabilidad de supervisar también el “look and feel” del software, es decir, el aspecto visual y la forma en la que el usuario interactúa con el sistema. Un ejemplo claro fue su participación en la profunda renovación de iOS a partir de la versión 7 y posteriores.

No obstante, no todo fueron aplausos. El sistema iOS 8, uno de los primeros sobre los que tuvo una influencia especialmente marcada, recibió críticas por fallos y problemas de estabilidad justo después de su lanzamiento. Esa presión también se trasladó al Apple Watch: cualquier error en su software o falta de utilidad real podría empañar la imagen del reloj, por mucho que su diseño físico fuera impecable.

De ahí que Ive insistiera en que el éxito del Apple Watch se mediría también por su capacidad de integrarse de forma natural en la vida diaria, sin saturar al usuario con notificaciones ni añadir fricción gratuita, y por su habilidad para aportar valor en salud, deporte y comunicación sin renunciar a la elegancia.

La conexión Nike-Apple: relojes deportivos como laboratorio de ideas

La estrecha relación entre Apple y Nike es otra pieza curiosa de esta historia. Mucho antes de que el Apple Watch fuera una realidad, en los primeros años 2000, Jony Ive mostró un interés inusual por los relojes deportivos de Nike. Tanto fue así que pidió a la marca una serie de modelos para estudiarlos a fondo.

Scott Wilson, ex director creativo de Nike, reveló que desde Cupertino solicitaron relojes y que, como gesto de camaradería entre diseñadores, la firma deportiva llegó a enviar más de un millar de ejemplares, incluyendo pulseras digitales Nike Presto y relojes Oregon Series Alti-Compass de aluminio.

Según explicaba Wilson, al principio pensaron que se trataba de un simple capricho personal, pero pronto se dieron cuenta de que el equipo de Ive hacía preguntas muy detalladas sobre materiales y procesos de fabricación. Aquello apuntaba a algo más profundo: Apple estaba tomando nota de cómo se construían y montaban los relojes deportivos para futuros proyectos propios.

Resulta llamativo que, en vez de fijarse directamente en relojeros tradicionales como Rolex, Tag Heuer, Citizen o Swatch, Apple utilizara como referencia una marca cuyo catálogo de relojes era más bien anecdótico dentro de su oferta de productos. Sin embargo, tenía todo el sentido si lo que buscaban era entender la combinación de deporte, tecnología y diseño ligero.

Durante años, lo más cercano que Apple tuvo a un reloj propio fue el iPod nano de sexta generación, aquel pequeño dispositivo cuadrado que, gracias a su formato y a las correas de terceros, se convirtió en el “iWatch” improvisado de muchos fans. Con funciones de reloj integradas y un tamaño perfecto para la muñeca, fue una especie de ensayo general antes del Apple Watch.

Del iPod nano al Apple Watch y la evolución hacia un verdadero reloj de lujo

La relación histórica entre Apple y Nike se consolidó con soluciones como Nike+, integradas directamente en iOS y en dispositivos como el iPhone, el iPod touch o el propio iPod nano. Años después, la alianza se reforzaría con ediciones especiales del Apple Watch pensadas para corredores y deportistas, que mezclaban la experiencia de Apple en hardware con el conocimiento de Nike en entrenamiento.

Cuando Apple decidió abandonar el formato cuadrado del iPod nano para volver a un diseño más clásico, similar a un iPod touch en miniatura, muchos interpretaron este cambio como la señal de que el reloj inteligente estaba cada vez más cerca. El concepto de “iPod-reloj” empezaba a perder sentido dentro del catálogo, preparando el terreno para un dispositivo específico para la muñeca.

El Apple Watch nació ya como un producto mucho más ambicioso: no solo quería ser un complemento deportivo, sino un auténtico reloj de gama alta con versiones orientadas claramente al lujo. De ahí que Apple se adentrara en territorios como las cajas de oro, las correas de cuero de alta calidad y la distribución en espacios de retail que recordaban más a joyerías que a tiendas de electrónica.

Esta estrategia se completó con apariciones en revistas como la edición china de Vogue, donde modelos de portada posaban llevando el reloj como si fuera una joya más del editorial. Era una declaración de intenciones: el Apple Watch quería jugar en la misma liga que los grandes nombres de la moda y de la relojería, aunque viniera del mundo del software y los microchips.

Con todas estas piezas encajando —las colaboraciones con Nike, la experiencia acumulada con el iPod nano, la visión de Ive y Newson, la influencia de Ahrendts y la exposición mediática en revistas de moda—, la historia del reloj de lujo ligado a un ex diseñador de Apple se entiende como la evolución natural de años de experimentos, alianzas y obsesiones por el detalle. No es solo un gadget caro: es el resultado de mezclar ingeniería, artesanía y una marca que aprendió a hablar el lenguaje de la moda.

Mirando todo el recorrido de Jony Ive y del Apple Watch —desde los primeros contactos con Nike y los prototipos internos hasta la consolidación del reloj como dispositivo de referencia— se dibuja un camino en el que Apple pasó de diseñar simples herramientas tecnológicas a crear auténticos objetos de deseo, capaces de competir en la muñeca con piezas de alta relojería y de marcar una nueva forma de entender el lujo en la era digital.

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