Es curioso cómo ahora que hemos entrado en el otoño, todo el calzado que usamos durante los meses de calor comienza a estorbarnos bastante, pues son pocas las personas que han sido bendecidas con un gran vestidor con espacio suficiente para una convivencia armoniosa de todo su calzado. La pregunta es… ¿qué hacemos con todo el calzado de verano?
La tentación a veces es lanzar las chanclas, alpargatas y demás calzado veraniego a cualquier rincón hasta que la primavera asome de nuevo la cabeza, pero el año que viene puede que ya estén echados a perder si no tomamos las debidas precauciones con su almacenaje, con la consiguiente pérdida de dinero.
Más allá del orden, guardar bien las sandalias, chanclas o alpargatas significa cuidar esos pares que nos acompañan en vacaciones, escapadas y planes al aire libre. Un buen almacenaje alarga su vida útil, evita deformaciones, malos olores, moho y sequedad en la piel, y hace que al volver el calor los encontremos listos para usarse sin sorpresas.
Preparación previa: selección y limpieza a fondo
Lo primero es reunir ante nosotros todo el calzado que no necesitemos este otoño/invierno (no olvides mirar debajo de la cama para asegurarte de que no te dejas ninguno) y limpiar a fondo cada par con un paño húmedo, prestando especial atención a las costuras y las suelas. No hace falta que queden como los chorros del oro, pero ten en cuenta que cuánta más suciedad quitemos, menos probabilidades habrá de que se cuele un polizón y se coma nuestros zapatos.
Además, es importante adaptar la limpieza al material de cada zapato para no dañarlo:
- Chanclas de goma o calzado de agua: lávalas con agua y jabón neutro, aclara bien y deja secar al aire, sin sol directo.
- Sandalias y zapatos de piel: retira el polvo con un paño seco, limpia la suela con agua y jabón suave, deja secar lejos de fuentes de calor y aplica un producto de mantenimiento específico (crema nutritiva, spray para ante, etc.).
- Calzado de lona o textil: utiliza un cepillo suave o un paño húmedo para eliminar polvo y manchas superficiales. Si el fabricante lo permite, puedes hacer una limpieza algo más profunda, pero siempre dejando secar completamente antes de guardarlos.
- Alpargatas: limpia la lona con un paño ligeramente húmedo y la suela de yute en seco, evitando empaparla para que no se deforme ni se despegue.
No te olvides del interior: las plantillas acumulan sudor y suciedad. Repásalas con un paño ligeramente humedecido o un producto higienizante apto para calzado y déjalas ventilar. Guardar calzado sucio o con restos de humedad es el camino más rápido hacia malos olores, moho y materiales deteriorados.
Secado, ventilación y control de humedad
Una vez limpios, hay un paso que muchas veces se pasa por alto y es crucial: dejar secar completamente el calzado antes de guardarlo. Incluso si solo has pasado un paño húmedo, conviene que los zapatos descansen unas horas en un lugar ventilado.
Algunos consejos extra:
- Coloca los zapatos en una superficie elevada (no directamente en el suelo) para facilitar la ventilación.
- Evita dejarlos al sol directo o junto a radiadores, ya que el calor excesivo reseca la piel y puede despegar adhesivos.
- Si vives en una zona muy húmeda, utiliza bolsitas de sílice o cedro natural cerca del calzado para ayudar a controlar la humedad sin dañar los materiales.
Solo cuando estés seguro de que no queda ni rastro de humedad será el momento de pasar a la fase de relleno y almacenamiento.
Cómo mantener la forma del calzado de verano
Lo siguiente es cuidar la estructura. Con el paso de los meses, el calzado guardado puede aplastarse, deformar la puntera o abrir pliegues antiestéticos en la piel.
Lo ideal para guardar los zapatos es utilizar la caja de cartón en que venían cuando los compramos, pero es posible que no las hayas guardado todas. En ese caso, hazte con unas cuantas cajas para zapatos de plástico para aquellos pares sin caja. Antes de introducirlos en sus respectivas cajas, cogemos un periódico antiguo y hacemos unas cuantas bolas de papel con sus páginas. Rellenamos el interior de cada zapato con las bolas de papel para ayudarles a mantener su forma. Pero atención, porque este procedimiento no es necesario con todos los tipos de calzado. Con las alpargatas no hace falta, pero con el calzado de lona o cuero, sí.
Si quieres ir un paso más allá, puedes emplear:
- Hormas de madera para zapatos de piel que uses mucho o que quieras conservar impecables. Además de mantener la forma, ayudan a absorber la humedad residual.
- Calcetines limpios enrollados o papel de seda como alternativa suave al papel de periódico en sandalias más delicadas.
En el caso de botas y botines de verano (por ejemplo, de piel fina o serraje), rellena también la caña con cartón enrollado o revistas para que no se doblen y no aparezcan pliegues permanentes.
Envoltorios, cajas y bolsas: qué usar y qué evitar
A continuación, envolvemos cada zapato en papel de seda sin ácido y, ahora sí, los emparejamos y los guardamos en sus cajas. Se trata de un proceso que nos puede llevar entre media hora y una hora (dependiendo del número de zapatos que tengamos), pero que es un tiempo muy bien invertido si tenemos en cuenta que ayudará a que el próximo verano nuestro calzado veraniego esté impecable y no necesitaremos gastar dinero en renovarlo porque han estado todo el invierno en un mal sitio donde se han deteriorado.
Lo ideal para guardar los zapatos es utilizar la caja de cartón en que venían cuando los compramos, porque permite cierta transpiración y protege del polvo. Si no las conservas, puedes usar:
- Cajas de cartón con orificios o algo de ventilación, apiladas con moderación para que el peso no deforme los pares inferiores.
- Cajas de plástico con ventilación (o ligeramente abiertas). Evita las cajas herméticas que no dejan respirar al calzado.
- Bolsas de tela de algodón para sandalias o chanclas si no tienes espacio para cajas, siempre que el tejido sea transpirable.
Lo que conviene evitar siempre que sea posible son las bolsas de plástico cerradas, ya que atrapan la humedad, favorecen los malos olores y pueden deteriorar el material con el tiempo.
Elegir el mejor lugar para almacenar el calzado de verano
Lo siguiente es despejar una estantería del armario (o las que hagan falta) para proporcionar a nuestros zapatos de verano un lugar fresco y seco donde dormir hasta el año que viene. Recuerda repartir bien el peso en caso de que sospeches que las estanterías son endebles, pues lo último que queremos es que acaben cediendo por el peso.
Además de una estantería, puedes valorar otras opciones según el espacio que tengas en casa:
- El interior de un canapé abatible, siempre que no haya humedad y el calzado vaya en cajas o bolsas de tela.
- La parte alta de un armario, para mantenerlo alejado del polvo del suelo y de posibles insectos.
- Un zapatero cerrado y ventilado, mejor que dejarlos totalmente a la vista, donde acumulan polvo y reciben luz directa.
Sea cual sea el lugar elegido, procura que sea un espacio seco, con temperatura estable y sin luz directa. Los cambios bruscos de temperatura y la humedad excesiva son grandes enemigos del pegamento, las suelas y la piel.
Orden, etiquetado y errores frecuentes a evitar
Para que el cambio de temporada siguiente sea más fácil, es muy útil organizar el calzado por categorías (chanclas, sandalias planas, sandalias de tacón, alpargatas, etc.) y, si usas cajas, colocar etiquetas en el frontal. Puedes escribir el tipo de zapato, el color o incluso pegar una pequeña foto impresa. Esto te ahorrará tiempo y evitará que tengas que abrir y cerrar cajas sin parar.
Algunos errores frecuentes que conviene evitar:
- Apilar demasiadas cajas unas sobre otras: el peso puede deformar los pares de abajo. Si necesitas apilar, hazlo con cajas rígidas y en columnas bajas.
- Guardar zapatos húmedos o sucios: aceleran la aparición de moho, olores y manchas difíciles de eliminar después.
- Dejar pares delicados en contacto directo: hebillas, cremalleras o suelas pueden marcar la piel de otros zapatos; utiliza papel de seda para separarlos.
- Olvidarse de revisar el calzado guardado: una rápida revisión cada cierto tiempo ayuda a detectar humedad, deformaciones o pares que ya no se van a usar.
Dedicar un rato a limpiar, rellenar, envolver y ordenar tus zapatos de verano no solo devuelve el orden al armario, también prolonga la vida de tu calzado, te evita compras innecesarias y garantiza que cada par esté listo para acompañarte en los próximos días de calor como el primer día.




